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Denarios: El desencantador de perros | Última de dos partes

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

Después de ser reconvenido por la desconocida, Jorge vio incrementado su malestar.  

—¡Debería ponerles bozales o algo así!— había gritado aquella mujer.

Conociendo el comportamiento de los perritos, era obvio que necesitaba hacerlo; pero cuando lo planteó a la Señora Rivadeneira, ésta fríamente le respondió que no estaba dispuesta a hacerlo porque eso le parecía maltrato.  Jorge se decía a sí mismo que ella carecía de razón y ahora podía corroborarlo, cosa que no le ofrecía consuelo, sino al contrario, se sumaba a su contrariedad. 

La mujer daba a sus mascotas vida de "perrijos". Estos ocupaban a placer los espacios de la casa. Vestían ropas según la temporada y también poseían, cada uno, sus propios juguetes. Además, Jorge era consciente de que aquellos canes tenían una dieta más rica y variada que la suya, lo cual no dejaba de causarle malestar, como una suerte de resentimiento de clase. 

De cualquier forma, Jorge no realizaba su trabajo de forma gustosa. A regañadientes se había levantado por las mañanas, y más después de haber pasado una noche de desvelo y alcohol. Aunado a los malestares propios de la resaca, los perros se negaban a cooperar con él, así que, de cuando en cuando, les metía un jalón malintencionado.

Estaban casi por terminar el paseo, cuando Bruno soltó una de aquellas flatulencias que lo caracterizaban y que anticipaban lo que estaba por venir, una deposición de proporciones monstruosas. Jorge recordó que las bolsitas se habían terminado, pero aún así buscó entre sus bolsillos sólo por si encontraba, como por un milagro, alguna escondida entre sus ropas. Por supuesto que no llevaba ninguna, pero no podía dejar tirada a medio parque semejante cosa, menos aún cuando los corredores matutinos lo habían visto todo.

El cuidador de los perros tuvo entonces una idea que de inmediato llevó a la práctica: hizo la finta de que iba a recoger la inmundicia con una bolsa imaginaria, pero justo cuando se agachaba intempestivamente, echó a correr jalando detrás de sí a los animales dejando a los testigos del hecho sin posibilidad de reaccionar.

Finalmente, Jorge dobló una esquina y respiró aliviado pensando que estaba fuera del alcance de la vista de aquellos, pero entonces se percató de que la correa de Fifí estaba vacía, ya no llevaba al chihuahua consigo. El hombre casi pierde el conocimiento por el susto. La cruda se le bajó de golpe y sufrió cambios fisiológicos que pusieron su vida en peligro. Y no era para menos, pues el pedigrí de los cachorros le hacían suponer que valían varios miles de pesos cada uno. Así que no podía llegar con la dueña diciéndole que faltaba la más consentida de sus mascotas. Jorge se vio obligado a regresar al parque a buscar al travieso animal. 

Finalmente lo encontró a salvo orinando en una jardinera; lo llamó, pero el chihuahua se resistía a ir con él. Cuando Jorge se acercaba, el perrito daba algunos pasos temblorosos alejándose de él. Fue gracias a la acción de una jovencita que tomó a Fifí en sus brazos, que Jorge pudo recuperar al cachorro.

De prisa le puso la correa ajustándosela violentamente de manera que no pudiera escapar de nuevo. Sin dar las gracias, por la mucha prisa, Jorge se encaminó a devolver a los perros a la Señora Rivadeneira quien, como en cada ocasión, preguntó:

—¿Qué tal se portaron mis amores?— y Jorge, como en cada ocasión, le respondió: 

—¡De maravilla! Son unos angelitos. Vengo por ellos mañana.

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