COLECTIVO CUENTEROS| La Sin Ventura
—¡No, no y no! Les digo que no puede ser. Estoy segura de que hay un error. ¿Cómo voy a creer este absurdo? Un accidente...
Beatriz leía y releía la carta que temblaba en sus manos, y que yo personalmente había llevado a la mansión Alvarado. En mi papel de confesor, y cercano como era a la familia, estaba siempre presente en los momentos relevantes. Luego pasó de la incredulidad al llanto. Inundados en lágrimas, sus ojos azules se parecían al océano que había cruzado de recién casada para mudarse a una tierra calurosa y exuberante en las costas del Caribe.