Claudia Diaz Jiménez
Es una alegría profunda – y también un honor para mí- presentar hoy este libro de Elia que, más que un conjunto de poemas, es una casa levantada con palabras. Me da gusto compartirlo con ustedes porque me tocó personalmente ver cómo este proyecto fue tomando forma, cómo se fue puliendo verso a verso, memoria a memoria, durante el seminario de poesía que compartí con ella. Lo vi nacer como un esbozo, crecer con dudas y certezas, y hoy, con admiración y cariño, lo veo convertirse en lo que es: Polvos de septiembre, una obra entrañable, valiente y profundamente viva.
Hay libros que se escriben con técnica y libros que se escriben con el alma, éste sin duda se escribió con las dos.
Polvos de Septiembre es uno de esos libros donde la técnica y el alma están trenzadas con la memoria, como raíces que no se dejan arrancar aunque la tierra tiemble.
Villa del Mar, pequeño rincón del municipio de Arriaga, Chiapas, es más que el escenario de este libro: es un corazón palpitante. Es el punto de partida de una historia marcada por el temblor- si-, pero aún más por la memoria, por el amor a una casa, a una familia, a una infancia que se niega a quedarse bajo los escombros.
El poema Las vigas crujían de llanto, es un recorrido íntimo por lo que fue: es un eco. Un eco de infancia, de paredes que vieron crecer a una niña entre juegos de encantados y la papa caliente. De una tienda que vendía frijol, azúcar, rebanadas de pastel... de sabores como los piñones, los tejocotes, los marañones, pero también vendían momentos, ternura, costumbres. En esa casa estaba la consola Stromberg Carlson, los discos girando a 33 y 45 revoluciones, las palmeras llenas de coco, el berrinche de los hijos, el baúl de la abuela, la vitrina con la vajilla de navidad, las cosas de la madre, el piso que se pulía todas las mañanas como un ritual de amor cotidiano. Es un catálogo afectivo que nos invita a entrar en la casa y sentarnos en su sala con la misma confianza con que uno visita a una tía querida.
Después viene Ventana al aire, y ahí entra otro temblor: el del corazón. Porque el dolor, en este libro, nunca llega solo. Viene de la mano de la risa, del recuerdo alegre, del fin de año con su marimba, su cumbia y su salsa, de esos 31 de diciembre donde la alegría era una costumbre, como lo fue también la pena que llegó el día del temblor. Porque así es la vida con todos sus colores: se ríe y se llora sin pedir permiso.
Pared encalada es el poema que narra la caída, es el instante exacto del quiebre. La imagen clara del muro que cede, de la casa que ya no será. Pero justo ahí aparece inmediatamente después José Inés el padre, con su guayabera blanca mirando el desplome con entereza. Porque hay casas que se caen, si, pero hay hombres que se quedan en pie como columnas vivas.
En agradecimientos, la autora eleva la voz para decir gracias. A Dios, a quienes ayudaron. A la vida misma que pese a todo, siguió fluyendo. Es un poema que recoge gratitud y la convierte en fuerza.
El poema Las piezas rotas es un inventario de lo que se perdió, pero también una afirmación: el padre está bien. La casa cambió de lugar. Se mudó. Se fue de viaje. Los muros fueron jalados por un tractor, pero los recuerdos no. Esos no se tiran con maquinaria.
Y cuando llega primera noche sin techo, el silencio cobra forma, sentimos el aire más frío. Escuchamos los zumbidos de los zancudos, los sonidos del campo, el aleteo de la noche. Y es ahí entre el dolor y la intemperie, mirando las estrellas donde surge una revelación, ellas desde arriba, nos recuerdan algo esencial: la belleza aún permanece incluso cuando no hay techo, incluso cuando todo parece perdido.
Y entonces llegamos al final, donde la voz se vuelve herida y pregunta que nos deja suspendido el aliento:
“¿cómo pedirles que devuelvan lo que se llevaron?”
Una pregunta que no busca respuesta, sino compañía. Porque a veces lo único que podemos hacer es recordar juntos.
Y la respuesta, si acaso la hay, está en el propio libro. En la escritura. En la voz que no se quiebra. En la autora que convierte el polvo en palabra, la pérdida en memoria, la pena en poesía.
Polvos de septiembre no es solo un homenaje a una casa, a un padre, a un pueblo. Es un acto de resistencia. Es un canto que nace desde los escombros para recordarnos que lo que importa de verdad – la risa de la infancia, los olores de la cocina, las canciones del tocadiscos, el amor – eso no se cae con ningún temblor...
Porque mientras haya quién lo nombre, lo recuerde y lo escriba... nada se pierde del todo.
