María Magdalena fue pecadora como todos, santa como unos cuantos, pero valiente testigo de la Resurrección de Cristo como ningún otro apóstol, pues ella tuvo el primer encuentro con Jesús Resucitado y, por encomienda de Él, se convirtió en la primera anunciadora del mensaje pascual.
Solo que la hemos estigmatizado, confundidos, tal vez, por una tradición popular equivocada que ha querido ver a María Magdalena en cada mujer pecadora que los Evangelistas nos narran, cuando en realidad no siempre se trata de la misma persona; y, por supuesto, no faltan los enemigos de la fe cristiana, haciendo aseveraciones completamente erróneas y faltas de fundamento, sobre una supuesta relación sentimental entre María Magdalena y Nuestro Señor Jesucristo, ¡qué estrechez de pensamiento!
En realidad, María Magdalena fue originaria de Magdala (de ahí su nombre), un puerto en la costa occidental del lago Tiberíades (actualmente territorio de Israel); en el siglo I era una gran ciudad portuaria, fue uno de los centros urbanos y económicos más densamente poblados de toda la región de Galilea. Por cierto, en 2009 la Autoridad de Antigüedades de Israel descubrió, ahí en donde estuvo la ciudad de Magdala, las ruinas de una sinagoga de la época de Cristo; y un equipo de arqueólogos mexicanos, encabezados por Marcela Zapata (académica de la Universidad Anáhuac México Sur) y el doctor Luis Barba (del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM), se han encargado de dirigir este proyecto de arqueología bíblica... ¡qué orgullo!
María Magdalena, es aquella mujer a quien Cristo le expulsó 7 demonios que la tenían poseída, entendiéndose al número siete como símbolo de varios espíritus malos o varios pecados fuertes que la dominaban. Y desde entonces, libre de la esclavitud del pecado, se convirtió en una fiel discípula de Jesús, además de su benefactora, su acompañante hasta el Calvario, la primera en descubrir el sepulcro vacío y, por si fuera poco, la “evangelizadora” de los mismísimos Apóstoles, pues fue ella quien hizo del conocimiento de san Pedro y san Juan, que el Maestro había resucitado.
Sin duda, su participación como discípula de Cristo llamó mucho la atención en aquel tiempo, no tanto por su condición de pecadora convertida, sino por su condición de “mujer”, pues en la época de Cristo la religión prácticamente estaba reservada para los varones. Qué bueno que Jesús dejó bien claro que toda mujer tiene la capacidad, el privilegio y, como bautizada, el deber de ser discípula suya.
El 22 de julio celebramos a Santa María Magdalena, por cierto, fue el Papa Francisco quien, en 2016, elevó la memoria de Santa María Magdalena al rango de fiesta en el Calendario Romano General, con lo cual su celebración alcanzó la misma categoría litúrgica que la celebración de los doce apóstoles.
La fiesta litúrgica de María Magdalena debe constituir una invitación a la conversión de corazón, así como ella; imitándola en esa sed de Dios, esa capacidad de amar y ese valor de actuar que manifestó hasta en los momentos más difíciles de la Pasión de Nuestro Señor; obviamente esto sólo puede ser producto de un encuentro con Jesucristo Resucitado, así como lo tuvo ella. ¡Que así sea!
