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Foto(s): Cortesía

Denarios: El sueño de los elefantes

Redacción

Por Filiberto Santiago Rodríguez

Después del abandono de su esposo y de su hijo, Feliciana sintió una impotencia y una rabia que se arremolinaban en su corazón; eran olas embravecidas chocando con los riscos de la costa que erosionaban su paz interior, dejando a su paso una sensación de desolación y desesperanza. Sentada en la calle, al pie de la puerta de su casa, planeaba su venganza. En ese momento, su mente enredada, creaba una red de pensamientos tóxicos que nublaban su juicio y alma. Henry, el perro callejero de la colonia, se acercó a ella olfateándola. Al final terminó echándose junto a ella. No se sabe si lo hizo para pedir un poco de comida, o simplemente se ofrecía como un confidente para que ella se desahogara.

Decidida a cambiar su destino, Feliciana aumentó sus amuletos de la buena suerte, tal como le había enseñado su padre. Día a día fue llenando su casa con esculturas de elefantes, provenientes de diferentes lugares. Los había de cristal soplado, madera tallada, porcelana china, plata, oro, cobre, hueso, cerámica, plástico, hierro y acero. Cada uno de ellos tenía un color especial, igual que un ramillete de flores silvestres en un campo verde. Con cada nueva adquisición, Feliciana sentía la esperanza de que su suerte tendría que cambiar. Cada vez que llegaba a su casa, se detenía un instante a contemplar su colección de elefantes, admirando la belleza de cada uno de ellos y en su mente se repetía que pronto recuperaría a su familia.

Cuando se enteró que Leoncio se había casado con su amante, Feliciana sintió que el mundo se le venía encima. Pero lo que más le dolía era el hecho de que su hijo Leonardo hubiera sido testigo de esa unión. Feliciana se sentía atrapada en un torbellino de emociones, girando y girando sin poder encontrar una salida. Le dolía que el amor y la traición se hubieran unido para formar una tormenta perfecta en su interior, cegando su visión y agitando su corazón con fuerza. Creía ver que su mundo se derrumbaba ante sus ojos al imaginar a Leonardo en esa boda tan absurda. Era como si una espada afilada le hubiera atravesado el corazón, dejando una herida abierta y sangrante que no podía sanar.

La mujer se encuentra de nuevo sentada en el umbral de su hogar. A lo lejos se divisa a Henry caminar pausadamente sobre sus cuatro patas. Al llegar junto a Feliciana, mueve su cola con entusiasmo y le lame las manos con su lengua húmeda y suave.

De repente, desde el interior de la casa, se escucha un ruido ensordecedor. Feliciana y su mascota entran corriendo a la vivienda. La escena es caótica y desoladora: muebles rotos, objetos destrozados, y los pedazos de lo que alguna vez fueron sus elefantes de la buena suerte, esparcidos por doquier.

Feliciana se abraza al cuello de Henry como si fuera su ancla de salvación en un mar de caos y desesperación. Juntos salen a la calle como dos elefantes sin manada que deambulan en busca de un refugio seguro. La oscuridad de la noche se apodera de la ciudad, mientras las primeras gotas de lluvia empapan el suelo con su cálido abrazo.

La mujer y su mascota se pierden en la calle, dejando atrás el caos. A medida que avanzan, la lluvia empieza a caer con más fuerza, como lágrimas del cielo que lloran por la falta de fe en los elefantes, como símbolos de felicidad y buena suerte.

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