Por Rafael Alfonso
Podríamos pensar, sin dudarlo un instante, que cuando uno asiste a una consulta en cualquier ámbito, está plenamente dispuesto a decir la verdad a la persona que consultamos. Después de todo, de ello depende que su intervención sea efectiva y redunde en beneficios para nuestra propia causa. Quien pide el auxilio de un confesor, sabe perfectamente que no obtendrá la absolución de aquellos pecados que no confiese. En el cine y las series vemos constantemente cómo el abogado exhorta a su cliente para que le diga la verdad sobre su participación en aquellos actos de los que se le acusa; es la única forma de preparar una buena defensa.
Ya no hablemos del ámbito de la salud. Ocultarle al médico o al especialista síntomas, malestares o alergias es una apuesta muy arriesgada. Y, sin embargo, ¿cuántas veces no ocurre? Si alguien ha acompañado a su abuelito a consulta puede constatarlo, no porque las personas jóvenes no lo hagan, sino porque es más difícil percatarse de lo que ocurre en carne propia. A veces nos negamos a confesar que no seguimos al pie de la letra el tratamiento anterior, o tememos recibir un regaño debido a nuestros hábitos, que seguimos tomando nuestra coquita o entrándole a las salsas. Incluso hay ocasiones en que se impone una especie de «pensamiento mágico»: esa extraña ilusión de que tenemos la facultad de omitir algún síntoma «porque no tiene que ver con nuestro padecer». En ese estado de cosas, por supuesto, nuestro médico no sería responsable por aquello que deliberadamente le ocultemos.
En el consultorio psicoanalítico
Sin embargo, en el ámbito del psicoanálisis, su creador, Sigmund Freud, ya nos anticipó que el analista tendría que tomar en cuenta algo desconcertante: la insinceridad del paciente. En lo tocante a nuestra materia, esto suena perfectamente lógico, pues el paciente no quiere ver su yo comprometido, pero eso no es del todo preciso. Siempre habráque preguntarnos cómo es que esto sucede. ¿Es que acaso el paciente que nos consulta no tiene deseos de superar sus malestares?
Freud nos habló de que la insinceridad del paciente tendría dos cualidades posibles. Por un lado, estaría la insinceridad “voluntaria”, refiriéndose a aquello que la persona deliberadamente pretende ocultar por pudor o desconfianza. Por el otro, la “involuntaria”, que ocurre cuando aquella información que precisa para su análisis se encuentra, al parecer, fuera del alcance del paciente. Hacia esto último quisiera que apuntáramos la mirada: ¿Es realmente posible ser involuntariamente insincero?
Abra la boca
Para entenderlo de manera más sencilla, salgamos un momento del diván y entremos al consultorio de la odontóloga. Imagine que está sentado en el sillón de exploración, con la luz brillante sobre el rostro. Ella mira su interior y le pregunta dónde le duele. Solo un insensato señalaría el diente que no es, ¿verdad? Sin embargo, en el mismo vistazo la dentista observa sus encías ligeramente inflamadas y le lanza la pregunta de rigor: ¿Se lava usted los dientes tres veces al día? Usted, casi por reflejo automático responde: “Sí, claro, doctora. A diario”. Y aquí empieza lo interesante: tenemos tan arraigada la noción de que los dientes se lavan tres veces al día después de cada comida que perdemos de vista que muchas veces la hora de tomar nuestros alimentos nos llega fuera de casa, concretamente en el trabajo, donde consumimos algo y seguimos con nuestras tareas y pocos tenemos costumbre de llevar con nosotros un cepillo de dientes y una pasta dental. Acaso nos conformamos con mascar un chicle por aquello de no oler a cebolla y con eso tenemos de momento.
Continuará el próximo lunes…
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