Juan Carlos Cruz Rosas
Armando García Núñez, pintor oaxaqueño, es considerado como un moderno clásico que llevó a sus cuadros los mejores impulsos del paisajismo contemporáneo.
García Núñez nació el 18 de agosto de 1883 en la ciudad de Oaxaca y murió el 2 de marzo de 1965 en la Ciudad de México. Desde temprana edad emigró de Oaxaca, ya que su padre, Francisco Pascual García se trasladó a San Luis Potosí en 1989, para ocupar el cargo de magistrado del Tribunal Superior de Justicia, instalándose junto con su familia en la capital de la república. En 1901, casi un adolescente, Armando ingresó a la Academia de San Carlos teniendo como maestros a Germán Gedovius y Antonio Fabrés. Entre sus compañeros de clase de esa época estuvieron: Saturnino Herrán, Roberto Montenegro, Diego Rivera, Benjamín Coria. García Núñez destacó rápidamente presentando su primera exposición en el Círculo Jalisciense en el año de 1907.
Posteriormente obtiene una pensión para ir a estudiar a Europa, permaneciendo ahí hasta 1913. García Núñez muy joven aún (retratos de aquella época lo muestran fortachón, de ojos claros y penetrantes, cabello lacio y desgarbada indumentaria), se instala en una modesta vivienda de la Rue des Grands Augoitins, aprovecha su tiempo en interminables recorridos por los museos europeos, en especial el Louvre, realiza largas caminatas por los Campos Elíseos, la ribera del Sena, visita galerías de Luxemburgo impregnándose y aprendiendo ávidamente de la plástica del Viejo Continente y de los más importantes pintores de aquel entonces.
Profesor en Bellas Artes
Para 1917 se había convertido en profesor de paisaje y escenografía en la Escuela Nacional de Bellas Artes, cátedra que impartió por poco tiempo. En 1920, José Vasconcelos le comisionó la representación de la Secretaría de Educación Pública y de la Escuela de Bellas Artes en la exposición del Departamento de Arte de la Feria del Estado de Texas, donde exhibió su obra. Presionado por el público que acudía a sus exposiciones o por los periodistas que las reseñaban, accedía el pintor a glosar su pintura y precisar sus principios, lo que no dejaba de ponerlo en serios aprietos.
Teoría y práctica al nivel de la ejecución, en el caso de un artista determinado, presentan a menudo situaciones contradictorias. El pintor racionaliza su obra, ya adhiriéndose a principios establecidos por los maestros que admira, ya creando sus propios esquemas mentales. La antinomia se produce cuando sus facultades no se emparejan con el ideal que profesa, pero también sucede que su capacidad puede ser superior al patrón especulativo que sustenta, en este último caso se halla García Núñez, cuyo glosario purista diverge de su pintura hasta el punto de parecer banal e inepto. Obediente al impulso no conceptualizable del espíritu en general de su obra, el artista traduce, instintivamente, las vías objetivas de operación propias del arte a la suya propia, singular y autónoma, la insobornable consistencia de la materia con que sus manos tropiezan actúa como si fuera la conciencia que a él le falta. Por eso el artista vive más en su obra que el intelectual y cuando sus dedos se quedan solos, cuando abandonan el lienzo, el pincel, el buril, el barro o el mármol, es como su se quedase sin cerebro y parece tonto. Suele ser cosa triste oír hablar a un pintor delante de su cuadro. Nos parece que el inteligente es el cuadro y no él, decía Ortega y Gasset en su Estudio de Goya.
Continuará el sábado
Semblanza:
Juan Carlos Cruz Rosas (Oaxaca, Oax., 1966) Periodista, editor, ensayista y narrador. Ha sido fundador y coordinador de publicaciones culturales y editor de libros. Autor de una biografía novelada sobre el músico Macedonio Alcalá (1989) y de Nuestra ciudad de los niños, crónica-reportaje (1990). Su más reciente título es Isaías el flojo y otros cuentos (Octubre ediciones, 2024).
