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México: ¿Anfitrión de segunda?

Un retrato fotográfico de Mario Robles, quien escribe sobre el papel de México como país anfitrión de eventos de talla internacional.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por décadas, los gobiernos mexicanos soñaron con un nuevo Mundial de futbol. La FIFA soñó con un nuevo negocio global. Los patrocinadores soñaron con millones de consumidores. Lo que nadie imaginó es que, a nada de la inauguración de la Copa del Mundo 2026, la gran discusión no girara alrededor de la selección mexicana, sino de vallas metálicas, protestas sociales, tensiones geopolíticas y una creciente sensación de que la fiesta llegó cercada.

La FIFA venderá este torneo como el Mundial más grande de la historia. Y lo será. Participarán 48 selecciones, se disputarán 104 partidos y se espera una audiencia acumulada superior a los 5 mil millones de espectadores. Pero también podría pasar a la historia como el Mundial más contradictorio de todos.

México recibe la inauguración, pero el centro de gravedad del torneo está en Estados Unidos. De los 104 encuentros, 78 se jugarán en territorio estadounidense. La final será en Nueva Jersey. Los mayores ingresos por turismo, hospedaje, publicidad y consumo quedarán del otro lado de la frontera. México aporta historia, color y simbolismo; Estados Unidos concentra el negocio.

La paradoja resulta inevitable: mientras el Estadio Azteca (hoy nombrado Estadio Ciudad de México) se prepara para convertirse en el primer recinto del mundo en albergar tres inauguraciones mundialistas, el país anfitrión aparece relegado a un papel secundario dentro del mayor espectáculo deportivo del planeta.

Pero el problema va más allá de la geografía.

En Guadalajara, comerciantes y vecinos denunciaron durante meses la instalación de vallas, restricciones de movilidad y adecuaciones urbanas que, según organizaciones civiles, terminan privilegiando la imagen turística sobre la realidad cotidiana de los habitantes. La acusación no es nueva. Ocurrió en Río de Janeiro durante Brasil 2014. Ocurrió en Sudáfrica 2010. Ocurrió en varias sedes olímpicas. Cuando llega un megaevento, la pobreza deja de ser un problema social para convertirse en un problema estético.

El urbanista estadounidense Mike Davis advertía que las ciudades contemporáneas suelen aplicar procesos de "limpieza visual" antes de los grandes eventos internacionales. No se elimina la desigualdad; se oculta. Se desplaza. Se maquilla.

La pregunta incómoda es si México está haciendo algo distinto.

Mientras tanto, el costo del espectáculo ha generado otro frente de inconformidad. Los boletos para algunos encuentros alcanzan cifras inaccesibles para buena parte de la población mexicana. La FIFA insiste en que el Mundial es una celebración universal, pero los precios parecen diseñados para turistas internacionales y sectores de altos ingresos. El futbol nació en los barrios; el negocio lo expulsó de ellos.

Y justo cuando el balón está por rodar, las calles recuerdan que existe un país más allá de los estadios.

Las movilizaciones del 10 de junio y las protestas anunciadas para el día inaugural reflejan un fenómeno recurrente: los gobiernos intentan convertir los grandes eventos en vitrinas de estabilidad, mientras los grupos inconformes los transforman en escaparates de sus demandas. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, colectivos de familiares de desaparecidos y otras organizaciones han convocado manifestaciones que amenazan con competir mediáticamente con la ceremonia inaugural.

No es casualidad. Los reflectores del mundo estarán puestos sobre México. Y quienes se sienten excluidos de la fiesta quieren aprovecharlos.

Tampoco pasa inadvertida la decisión de Claudia Sheinbaum de no asistir al partido inaugural. La presidenta anunció desde hace meses que regalaría su boleto y no ocuparía un lugar en el estadio. La decisión fue presentada como un gesto de cercanía social. Sin embargo, también abre un debate político legítimo: ¿debe la jefa de Estado ausentarse del mayor evento internacional celebrado en territorio mexicano en décadas?

En cualquier otro país anfitrión, la respuesta parecería obvia.

Pero quizá el mayor problema del Mundial 2026 ni siquiera está en México.

El torneo se desarrolla en medio de uno de los contextos internacionales más inestables de las últimas décadas. Estados Unidos, anfitrión principal, mantiene tensiones simultáneas con Irán, Cuba y otros actores internacionales. La guerra en Medio Oriente continúa alterando mercados energéticos y relaciones diplomáticas. Los discursos nacionalistas han regresado al centro de la política estadounidense. El deporte insiste en proclamarse neutral, pero la realidad suele entrar al estadio aunque no tenga boleto.

A ello se suma la incertidumbre económica en Norteamérica. Mientras millones de aficionados celebran la integración regional que representa una Copa del Mundo compartida, Donald Trump ha puesto en duda la continuidad misma del T-MEC y ha declarado que Estados Unidos "no necesita nada" de México ni de Canadá.

La contradicción es monumental.

Tres países organizan juntos el Mundial mientras uno de ellos amenaza con desmontar el principal acuerdo comercial que los mantiene unidos.

El economista Dani Rodrik ha sostenido que la globalización siempre promete integración, pero frecuentemente produce nuevas formas de conflicto. El Mundial 2026 parece una demostración práctica de esa tesis. Nunca habíamos visto un torneo tan internacional, tan lucrativo, tan tecnológico y tan políticamente tensionado al mismo tiempo.

Quizá por eso este Mundial será recordado más allá de los goles.

Porque detrás de los estadios remodelados, de las ceremonias espectaculares y de las transmisiones en alta definición, persisten preguntas incómodas sobre desigualdad, exclusión, diplomacia, seguridad y soberanía.

La FIFA hablará de unidad global.

Las calles, probablemente, contarán otra historia.

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