Canadá, en su gran fiesta, en el debut soñado ante su gente en esta Copa del Mundo 2026, firmó un empate a un gol frente a una rocosa Bosnia y Herzegovina. Un resultado que sabe a muy poco para los locales.
LA ILUSIÓN SE AHOGÓ EN MEDIO CAMPO
El ambiente era inmejorable. Un estadio pintado de rojo, vibrando a tope, exigiendo que su selección diera un golpe sobre la mesa desde el minuto uno. Y parecía que los canadienses entendían el guión.
Salieron con esa velocidad por las bandas que los caracteriza, transiciones rápidas, buscando hacer daño con la explosividad de sus extremos.
Pero, enfrente tenían a un equipo balcánico. Y si algo saben hacer los europeos del este, es sufrir, morder y trabar el partido. Bosnia plantó dos líneas muy sólidas, que le cerró los espacios a Canadá.
El estallido en las gradas llegó cuando la escuadra local por fin logró romper el cerrojo. Una jugada de riñones, de empuje, que terminó mandando a guardar la redonda al fondo de las mallas. Parecía que se abría el grifo y que Canadá navegaría en aguas tranquilas.
La alegría les duró un suspiro. En una desconcentración defensiva, Bosnia encontró el empate a balón parado. Un testarazo inapelable que dejó congelado al guardameta y silenció a las miles de almas en el recinto. ¡El balde de agua fría fue monumental!
Canadá tuvo la posesión, tuvo el ímpetu, pero le faltó la contundencia de los equipos grandes. Ahora, los coanfitriones se meten en un terreno pantanoso. Dejan ir dos puntos vitales y la presión se va a ir hasta las nubes para sus próximos compromisos en esta fase de grupos. Canadá ha aprendido que ser local no te garantiza absolutamente nada si no eres letal en los 90 minutos.
