Por Rafael Alfonso
Un viejo adagio reza que “Occidente habla griego cuando piensa y Latín cuando gobierna”. Muchas cosas nacidas en el ágora de Atenas y en el foro de Roma siguen marcando cómo vivimos en el día de hoy.
No es una exageración decir que los griegos apuntalaron el andamio de nuestro pensamiento: la democracia como método para tomar decisiones, la filosofía como ejercicio público de dudar, el teatro como espejo de la sociedad, y la ciencia que nos brinda respuestas a las interrogantes de la vida. Aristóteles señaló el rumbo de la lógica, Hipócrates sentó las bases de la medicina moderna, un GPS utiliza geometría euclidiana.
Como el cemento (que por cierto también descubrió), Roma aportó el derecho escrito, el concepto de ciudadanía, la administración pública. Un gran número de palabras que nombran el poder, como senado, república, veto, constitución provienen de Roma. Los romanos inventaron los sistemas de caminos, pero también el abogado y el código civil.
La sola numeración de instituciones grecolatinas que siguen vivas, nos dan una idea de esta herencia que va mucho más allá de la simple influencia:
En el orden político, tenemos parlamentos, elecciones, partidos y separación de poderes derivados del modelo romano y de la democracia ateniense.
El derecho civil que rige en México y gran parte del mundo es derecho romano adaptado.
En cuanto a la educación: universidad, retórica, debate y el propio currículum basado en las “artes liberales” son herencia griega.
En lenguaje y cultura las aportaciones grecolatinas son incontables: nuestro alfabeto, los nombres de los meses, la medicina, la arquitectura neoclásica y hasta los géneros literarios.
El método de observación que dio pie a la ciencia y el razonamiento deductivo nacieron también en esta esfera.
Por eso, cuando entramos a un juzgado, votamos, consultamos al médico o estudiamos en una universidad, no hacemos sino habitar el mundo grecolatino y prolongar su existencia.
