Cada 6 de enero, México despierta con un ritual que se repite generación tras generación: zapatos junto a la puerta, roscas partidas en familia y la expectativa infantil de que la magia existe. El Día de Reyes no es sólo una fecha del calendario; es uno de los últimos bastiones de la ilusión colectiva en un país donde la realidad económica suele imponerse con dureza. Sin embargo, este 2026 la tradición llega acompañada de un recordatorio incómodo: la magia también paga inflación.
Los números son fríos y contundentes. El gasto por niño supera los dos mil pesos y los juguetes, la rosca y hasta el chocolate se han encarecido como consecuencia de aranceles, inflación y una economía que no termina de estabilizarse. Para muchas familias, cumplir el ritual implica sacrificios silenciosos: ajustar el presupuesto, endeudarse o recorrer mercados de madrugada en busca del mejor precio. Aun así, el esfuerzo persiste, porque en ese instante en que una niña o un niño abre un regalo, el cálculo económico pierde sentido frente a la sonrisa.
En estados como Oaxaca, donde la cuesta de enero suele sentirse con mayor fuerza, el Día de Reyes se convierte en un acto de resistencia emocional. Los juguetes tradicionales siguen dominando sobre los electrónicos de moda, no por nostalgia, sino por necesidad. Y, paradójicamente, ahí se revela el verdadero valor de la fecha: no en el tamaño del regalo, sino en el gesto de mantener viva una creencia que une a la familia y al barrio.
Tal vez el mayor aprendizaje de este Día de Reyes no esté en el consumo, sino en la reflexión. En tiempos donde todo sube, la tradición recuerda que la ilusión no cotiza en la bolsa ni paga impuestos. Los Reyes Magos siguen llegando, aun cuando lo hacen con menos presupuesto y más ingenio. Y mientras haya alguien dispuesto a creer —o a hacer creer—, la magia seguirá encontrando la forma de colarse en los hogares, incluso en medio de la incertidumbre económica.
