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Somos la generación que olvidó decir “gracias”

Un retrato fotográfico de Mario Robles, autor del artículo de opinión sobre la generación que ha olvidado el valor de la gratitud.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

En tiempos donde la velocidad parece imponerse sobre cualquier forma de convivencia, los buenos modales han comenzado a ser vistos como algo accesorio, casi anticuado. La cortesía, la empatía básica o el simple acto de escuchar al otro sin interrumpir han cedido terreno frente a una cultura marcada por la inmediatez, la confrontación permanente y la necesidad de imponer la propia voz por encima de las demás. Sin embargo, reducir los buenos modales a una cuestión superficial sería un error. En realidad, son una de las bases más silenciosas —y más importantes— de la vida en sociedad.

La educación cotidiana no se limita al uso correcto de palabras como “gracias”, “por favor” o “permiso”. Detrás de esos gestos aparentemente pequeños existe algo mucho más profundo: el reconocimiento de la existencia del otro. Los buenos modales representan límites, respeto y consideración. Son una forma elemental de civilidad en una época donde el individualismo parece justificar cualquier conducta.

Basta observar lo que ocurre diariamente en calles, oficinas, escuelas o redes sociales para entender que la crispación se ha normalizado. La agresividad verbal se celebra como autenticidad; la grosería se confunde con carácter; la humillación pública se convierte en entretenimiento. En muchos espacios, quien actúa con prudencia o cortesía es percibido incluso como débil. El problema es que cuando la educación desaparece de la vida pública, también comienza a deteriorarse la convivencia.

No se trata de defender formalismos vacíos ni de romantizar épocas donde las apariencias escondían profundas desigualdades. Los buenos modales no deberían funcionar como máscara de superioridad social, sino como una herramienta mínima de respeto colectivo. Una sociedad puede tener grandes avances tecnológicos y, al mismo tiempo, fracasar en algo esencial: aprender a convivir sin violencia cotidiana.

El deterioro del lenguaje también refleja este problema. El debate público se ha llenado de insultos, descalificaciones y discursos cada vez más agresivos. Las redes sociales amplificaron una dinámica donde muchas personas sienten que pueden decir cualquier cosa sin consecuencias. La deshumanización comienza precisamente ahí: cuando se pierde la capacidad de tratar al otro con dignidad, incluso en la diferencia.

La familia, la escuela y los espacios comunitarios han dejado parcialmente de transmitir estas formas básicas de convivencia. Y aunque parezca un asunto menor frente a crisis económicas, violencia o polarización política, no lo es. Una sociedad incapaz de respetarse en lo cotidiano difícilmente podrá resolver problemas mayores de manera colectiva.

Los buenos modales tampoco deben entenderse como obediencia ciega o sumisión. Una persona puede ser firme, crítica y frontal sin necesidad de humillar o atropellar a los demás. La educación no cancela el carácter; lo fortalece. Saber escuchar, respetar turnos, reconocer errores o tratar con dignidad incluso a quien piensa distinto son signos de madurez social, no de debilidad.

Tal vez por eso hoy los buenos modales parecen casi un acto de resistencia. En medio del ruido, la arrogancia y la agresividad constante, la cortesía se ha vuelto contracultural. Y quizá ahí radica su verdadero valor: recordar que convivir sigue siendo más importante que imponerse.

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