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El lector furtivo: Las fábulas de Esopo

Rafael Alfonso

 

Digamos que, tradicionalmente, en los proyectos literarios, las lenguas indígenas son relegadas a ciertas temáticas que apelan o se remiten a los ancestros, las leyendas, expresiones místicas, las costumbres de los pueblos, el entorno rural, la familia, el núcleo comunitario y la identidad, en fin, la “guelaguetzización” que anticipaba Robert Valerio en los 90 y que Elisa Ramírez describe en su excelente artículo “Sobre el Premio Nezahualcóyotl 2021” a propósito de su participación como jurado en dicho certamen.

Pareciera que a la literatura en lenguas originarias le están vedados ciertos terrenos como la vida cotidiana y la modernidad. Del mismo modo, ahí, muy apartados se encuentran los clásicos de la literatura que a cuenta gotas son traducidos a alguna de las muchas lenguas del país. Sabedor de esto el maestro Francisco Toledo impulsó una iniciativa de acercar a Esopo, el fabulista de la Grecia clásica, al zapoteco.

El maestro Toledo, interesado y comprometido con la causa de la conservación y difusión del zapoteco, propuso traducir y editar, las Fábulas de Esopo. Cómo editores, el maestro Toledo, y la doctora María Isabel Grañén Porrúa, tuvieron la osadía de impulsar un proyecto que, sabían de antemano, iba a consumir varios meses de trabajo y a requerir el concurso de varios profesionales antes de alcanzar su publicación en 2015, misma que contemplaba cuatro variantes de esta lengua.

Natalia Toledo y Victor Cata, tradujeron al zapoteco del Istmo; Pergentino José Ruiz, al de la Sierra Sur; Juanita Vásquez, al de la Sierra Norte; y Janet Chávez, al de los Valles Centrales; siendo los trabajos coordinados por la poeta y editora Araceli Mancilla.

Uno de los cuestionamientos que se hizo a este proyecto fue “¿Por qué recurrir a Esopo, un autor clásico, y no recuperar las muchas narraciones y leyendas de los mismos pueblos?”. Las consideraciones fueron varias, pero hubo dos fundamentales. La primera, fue la necesidad de contar con estas y otras obras de la literatura universal en lengua zapoteca para que un sector de población, que es monohablante, pudiera accesar a ellas. La siguiente consideración fue que la universalidad del autor griego lo hace presente en todas las sociedades, incluso algunas de estas fábulas -y otras historias de origen europeo- ya forman parte de las tradiciones orales de nuestros pueblos, que las conocieron durante la colonia, momento en que fueron adoptadas, transformadas y transmitidas como propias.

Algunas de las tareas de la traducción implican tomar ciertas libertades y adaptaciones con el fin de hacer comprensible las ideas a la otra lengua. Dentro de este proyecto, comenta Araceli Mancilla, fue necesario configurar un mundo con elementos afines a todos los pueblos, como objetos y animales que fueran conocidos en todas las regiones.

El hallazgo de una Traducción de las fábulas de Esopo al latín fechada en 1849 y editado por el oaxaqueño Ignacio Rincón, motivó al Francisco Toledo a proponer la traducción al zapoteco, misma que hizo extensiva a otras lenguas originarias como el mixe y el ixcateco. El maestro Toledo, nos enseña con esta iniciativa, que lo que define a un artista es su capacidad de innovación.