Mi papá y yo | NVI Noticias Pasar al contenido principal
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Foto(s): Cortesía

Mi papá y yo

Redacción

Sebastiana Gómez

Muchos de los recuerdos más felices de mi infancia, mismos que guardo en mi memoria, fueron al lado de mi padre, Emilio. Creo firmemente que desde que nací, él estaba allí para mí. Me contaba mi madre que cuando apenas era una bebé, solo con oír la voz de mi papá me ponía feliz y me tranquilizaba; desde entonces, ella intuyó mi afinidad con él.

Sin mi papá yo no dormía, solo él podía arrullarme, por lo tanto, si quería salir de la casa por la noche, antes tenía que estar que conmigo y dejarme dormida.

Cuando ya empezaba a caminar, mi padre jugaba conmigo. Al paso del tiempo, juntos elaborábamos nuestros propios juguetes. Cuando llovía hacíamos barquitos de papel, que colocábamos en las corrientes de agua de la calle y yo, feliz, les decía adiós. Mi padre me enseñó a hacer y a volar papalotes, también nos gustaba jugar baleros, que mi papá hacia con latitas vacías de chile y me enseñó a bailar trompos hechos por sus propias manos. Cuando mi mamá le llevaba la comida, yo iba con ella. En uno de sus trabajos, que consistía en cocer ladrillos, él me enseñó por a jugar canicas. Para entretenerme mientras él comía, me daba un poco de barro y me decía que hiciera canicas para jugar.

¡Dios! Recuerdo tantas cosas que vivimos juntos. Cuando después de la cena, estábamos juntas sus tres hijas, mis hermanas, Lala, Cruz y yo, mi papá hacía sobremesa con nosotras. Siempre platicábamos y a veces jugábamos a las cartas o a la lotería. Pasábamos muchas horas juntos. Si él iba por leña al campo, yo insistía en ir con él. Mientras llenaba la carreta yo recogía nanches. Si él iba a sembrar, no importaba la hora, me paraba e iba detrás suyo.

De pequeñas, no recuerdo que mi papá nos regañara, mucho menos que nos pegara. Un día, cuando cursaba el quinto grado de primaria, regresé de la escuela y vi a mi papá que limpiaba una cubeta de nanches. Me dijo:

-¡Qué bueno que ya llegaste! Comemos y vas a llevar los nanches a Tía Julia, que lo va a comprar- y entonces le contesté:

-Yo también estoy cansada. 

Después me fui a la cocina. Ahí estaba mi mamá que me dijo:

-¿Cansada?

La vi y no pude contestar. Salí de la cocina, me acerqué donde estaba mi padre con su cubeta, la tomé y le dije que la iba a llevar a la señora, que cuando regresara comería. Cuando regresé a la casa, mis padres no habían comido, me estaban esperando. Corrí a abrazar a mi papá y le pedí perdón por mi desobediencia, que sabiendo cuánto me quería, me atreví a contestarle. Ni por eso, se enojó conmigo.

Cada vez que estos recuerdos invaden mi mente, le pido perdón a Dios y a don Emilio. Así lo conocían, como don Emilio; ahora, creo que era por la capacidad y facilidad que tenía para hacer amigos, sin importar la condición de cada persona.

Un pensamiento de amor para ti, papá.