Raúl Héctor Campa García
Primera de tres partes
Sus padres optaron por salir del pueblo con la intención de mejorar la educación de él y sus hermanos, seis mujeres y tres hombres. Eligieron una ciudad que se perfilaba como un emporio agrícola en el país; allá, a principios de 1950, con la convicción de no perder sus raíces, ni el vínculo con sus orígenes.
La decisión fue propuesta por su madre; ella siempre soñaba con una mejor preparación para la vida de sus hijos, había sido maestra normalista en ese pueblito donde se casó y formó una familia.
Partieron a la ciudad, pero regresaban al pueblo cada época de vacaciones, al finalizar el ciclo escolar. El padre se quedaba a cuidar el ranchito que tenían cerca del pueblo, con sus vacas, caballos, mulas, burros y uno que otro buey; animales que le ayudaban a la siembra de temporal, en sus cuatro milpas durante la época de lluvias.
Iba frecuentemente a visitar a la familia, entonces dejaba el ranchito y las milpas al cuidado del vaquero que trabajó toda su vida con él. El padre siempre llegaba cargando la cosecha y con el producto de la venta de algunas vaquillas y becerros que ayudaban a sostener a su familia.
El niño tenía un poco más de 5 años cuándo se fueron a la ciudad, con la nostalgia infantil de no ver más a sus dos amigos: el caballo Moro y el viejo perro de casa, “el Bull”, quien despidió a su manera perruna a la familia, con inquietos aullidos que terminaban en tristes y quejumbrosos gemidos, como un lamento final; con el presentimiento de nunca más volver a jugar con el niño.
Bull murió pocos meses después, quizás de tristeza aunada a su vejez, en ese lugar de la abrupta serranía.
En las primeras vacaciones escolares regresaron al pueblo. El niño no encontró a su perro, pero su tristeza se transformó en felicidad al ver al Moro, su caballo favorito. Aquel caballo blanco con manchas negras, brioso, pero tan manso cuando su padre lo ayudaba a montar en él al llegar a casa después de laborar en la milpa.
