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CONSULTORIO DEL ALMA: CUENTA CONMIGO; Psicoanálisis, política y ciudadanía

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

 

Diques culturales o cómo criar a un sinvergüenza

  • Primera de dos partes

Cuando se trata de escoger entre la satisfacción de nuestros deseos y el respeto a las normas sociales, la mayoría de nosotros optaría por, hasta donde nos sea permitido, alcanzar cierto grado de satisfacción sin caer en el desacato a la norma. Pero para que ello suceda, hemos debido de aprender a lidiar con la imposibilidad de hacer todo el tiempo lo que queremos, a postergar e incluso a renunciar al cumplimiento de nuestros deseos.

Esto forma parte de lo que conocemos como el malestar de la cultura, la restricción de nuestros impulsos primarios en favor de la armonía social.

Una batalla que puede ser perdida

El padre del Psicoanálisis, Sigmund Freud, describió cómo en la tierna infancia, a la par de que nuestras pulsiones procuran su satisfacción plena, los diques culturales que cumplirán la función de acotarlas se comenzarán a establecer. La pulsión, por un lado, alcanzará su pleno desarrollo y los diques por el otro se establecerán plenamente en el pequeño. Tales diques son el asco, la moral y la estética.

Es decir, cuando de niños nos enfrentamos a la disyuntiva de dar salida o no a una pulsión que contraviene a la norma, nos detiene cierta imagen de nosotros mismos, que ya por culpa o por vergüenza nos resultaría intolerable. Esto, en el caso de que los diques se hayan establecido antes de que la pulsión alcance su máximo desarrollo. Existe el supuesto de que esto sucede antes de los 5 años.

En el establecimiento de estos diques culturales, los padres tienen un papel fundamental, pero no es una tarea sencilla, y menos en estos tiempos.

Los diques culturales y la educación moderna

Hace muchos años, los padres ni siquiera se cuestionaban cómo debería funcionar la educación, pues una serie de normas sociales y religiosas se transmitían y se establecían de manera automática —por decirlo de alguna manera— en hombres y mujeres. Algunas de estas normas eran el temor a Dios, el respeto a los mayores —en particular a los educadores— y la obligación de los padres de corregir al niño. 

Mi colega Fausta Ibáñez Ríos apunta a que las heridas narcisistas que generó la severidad con que las normas antes mencionadas se aplicaban, son la causa primordial de que una generación de educadores y psicólogos propugnaran poco a poco, pero de manera consistente, por una educación mucho más liberal, a partir de la cual la “educación tradicional” sólo ha recibido críticas y descalificaciones. 

En este marco, los padres de las últimas generaciones que han sido expuestos a esta educación liberal son cuestionados y se cuestionan a sí mismos, no sólo su capacidad para educar, sino también su derecho a hacerlo: “Si pongo a mi hijo a realizar labores domésticas, ¿estoy incurriendo en explotación infantil? ¿Debo poner un límite a su tiempo en televisión o internet? ¿Debo obligar a mi hijo a atender compromisos sociales si no lo desea? ¿Voy a traumatizarlo si lo regaño o castigo por cometer una falta?” Una serie de cuestionamientos similares, y algunos más absurdos, atraviesan la mente de muchos padres de esta generación, cuestionamientos que hace 30 años eran sencillamente impensables.

Continuará el próximo lunes…

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