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Consultorio del alma. Cuenta conmigo: El placer en el trabajo

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Foto(s): Cortesía
Redacción

Rafael Alfonso

 

Este viernes en La hora del deseo

 

Hace mucho tiempo, en mi lejana juventud, conseguí un empleo que aún recuerdo con gusto.

Consistía en pasar ocho horas de pie, con la pausa obligada para el almuerzo, al lado de una máquina de planchado industrial, llevando a cabo una sencilla labor que la sofisticada máquina aún no podía realizar por sí sola: tomar una por una piezas de mantelería que colocaba entre los rodillos. El resto lo hacía la tecnología.

Por supuesto que dicho trabajo tenía, no solo un tope salarial sino también de desarrollo, a cambio, yo le encontraba insospechadas ventajas. Este trabajo me permitía imaginar muchos textos que después escribiría en casa, o de plano perderme en ensueños e ilusiones sin que nadie se percatara de ello, además de que los conflictos propios de la vida laboral eran prácticamente inexistentes.

El trabajo como tortura

El tripalium era un artilugio usado ampliamente en la Roma imperial consistente en tres estacas (tres palos), dispuestas de tal forma que pudieran sostener un cuerpo pesado. El uso original de este ingenio tenía fines veterinarios, sostener con seguridad animales como vacas o caballos cuando debían ser curados, herrados o marcados, pero no pasó mucho tiempo para que el ingenio humano le destinara otros usos, como mantener inmovilizado a un esclavo durante días, a manera de castigo.

Se dice popularmente que en esta palabra tripalium (que después adquirió el significado de “castigo”) está el origen de la palabra trabajo. Visto de esta manera, como le gusta señalar a muchos comediantes, el trabajo es “un castigo”, si no es que hasta una tortura, pero ¿acaso el trabajo está exento de placer?

Quien trabaja en lo que le gusta vive vacaciones permanentes

Afirmaciones como esta y otras similares —por ejemplo que “la felicidad consiste en que te paguen por algo que con gusto harías gratis”— reflejan un estado ideal de las cosas que no corresponde a la vida real. Pocos son los afortunados que tienen este privilegio y más aún hay quien, al carecer de la disposición psíquica para el trabajo, sufre penosamente a pesar de que, en apariencia, cuenta con un empleo de ensueño.

La realidad es que el trabajo es el medio por el cual se adquieren los bienes necesarios para la subsistencia y se realiza considerando una serie de razones que ponderan los objetivos económicos del trabajador. Aunque las limitaciones propias del mercado laboral obliga a muchas personas a realizar labores que son ajenas a sus gustos y aficiones, a cambio de un salario, muchas veces encontramos personas que se siente insatisfechas en su trabajo, aun laborando en un lugar agradable y recibiendo un buen sueldo.

De todas formas, para ser compatibles con la realidad, conviene aceptar, cuanto antes, que el trabajo más hermoso del mundo —sea cual sea en el que el lector esté pensando—, conlleva algún grado de desgaste físico y emocional, cansancio, conflictos —con compañeros, patrones o clientes— y otras dificultades por superar.

La energía que mueve el aparato anímico, y que Sigmund Freud llamó libidinal, nos impulsa a hacer frente a los retos del trabajo, pues en él hallamos otro tipo de placer, distinto del que se encuentra en los placeres inmediatos y que tiene que ver con la satisfacción de la tarea cumplida y la contemplación de los resultados de nuestra labor. Un placer intenso, y en ocasiones tan absorbente, que nos encontraremos con individuos capaces de hacer del trabajo su principal fuente de placer.

¿Quieres saber más? Escúchanos este viernes a las 12:00 del día en La hora del deseo,por Radio UNIVAS. Pide informes a los teléfonos 951 244 7006/951 285 3921.

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