Alejandro José Ortiz Sampablo
Segunda de tres partes
Al final de la nota del pasado lunes, mencioné que abordaría los ideales de educación, aunque he de ser preciso y decir que sólo abordaré algunos ideales que permean en la educación de los hijos en la época actual.
El ideal común
“Que mi hijo no viva lo que yo”, es una frase que, con más o menos palabras, hemos oído más de una vez. Esta disposición psíquica no sólo se escucha en voz de padres y madres, sino que, en muchas ocasiones, se puede observar en sus expresiones más caricaturescas. Quien tiene contacto con las plataformas digitales, posiblemente conoce aquellas imágenes que contrastan la actual actitud ante la vida con aquella que sus padres o abuelos tuvieron antaño.
La interpretación de tales imágenes habrá de hacerse con cuidado, pues a simple vista pareciera que con ellas se pretende realizar una crítica a la actitud de los jóvenes, pero pudiese ser que en algunos casos no sea así, ya que no hay que perder de vista los valores morales de la época. Por otro lado, hemos de tomar en cuenta la inmensa capacidad que tiene el Yo para el autoengaño. Si bien en las imágenes aludidas, pareciera que se pone de relieve —por decirlo de alguna manera— la fortaleza psíquica de las personas de antes; para un joven pudiera tener otro sentido, que la imagen hace énfasis en el bienestar de la vida actual y sus posibilidades de confort.
En la vida cotidiana podemos encontrar un sinfín de ejemplos donde se observa cómo los padres estamos prestos a evitar la fatiga de los hijos o cualquier otra situación que los incomode. Esta actitud se ha normalizado a tal punto que no nos detenemos a reflexionar en las consecuencias de ello y si, por azares del destino, alguien la pone en tela de juicio o simplemente nos la señala, siempre tenemos a la mano la justificación.
El autoengaño y la displicencia del Yo
En la escucha de pacientes es común recoger las consecuencias que padres e hijos reciben de esta disposición psíquica pero, por otro lado, también nos toca observar que no basta con que él o la paciente tome consciencia de esto, aun cuando se anoticie de que entre dichas consecuencias se encuentran muchas de las circunstancias que en su vida cotidiana le llevan a padecer. Esto se debe a que la entidad psíquica llamada Yo, echa a andar un mecanismo que, si bien, lo auxilia para mantener su estabilidad psíquica y emocional, simultáneamente lo enajena de la realidad (mundo exterior). Es por esta razón que, en muchos casos, aun cuando los padres toman conciencia, por un instante, de aquella disposición psíquica —que en la educación ha resultado inadecuada para preparar a los hijos para la vida—, el Yo recurre a la denegación para sostener su ideal.
En nuestro mundo actual existen palabras casi imposibles de utilizar si de educación de los hijos se trata, el Yo sólo de escucharlas se incomoda, pues las juzga desde la concepción que se ha formado de tales palabras desde sus vivencias y la relación que tuvo con sus padres y no desde lo que significan en su sentido más profundo.
Continuará el próximo lunes…
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