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Navidad: entre la luz que se comparte y el ruido que nos distrae

Cartón del caricaturista Mario Robles que ilustra el contraste de la Navidad, entre la luz del espíritu y el ruido que nos distrae.
Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

Cada diciembre la Navidad vuelve a instalarse en nuestras calles como una promesa: paz, unión, esperanza. Las luces aparecen en las ventanas, las mesas se llenan de platillos heredados y los abrazos buscan compensar las ausencias. Sin embargo, entre el espíritu que se invoca y la realidad que se vive, hay una distancia que pocas veces queremos mirar.

La Navidad se ha vuelto ruidosa. No solo por la pirotecnia que rompe el silencio de la noche, sino por la prisa, el consumo y la obligación de “ser felices” a toda costa. Pareciera que, si no hay estruendo, regalos o excesos, la celebración no cuenta. En ese intento por celebrar, olvidamos que la Navidad nació del silencio de un pesebre y no del estallido de un cohete.

En hospitales, esta fecha se vive de otra manera. Camas ocupadas por niños con quemaduras, adultos mayores afectados por el frío o personas que pasan la noche lejos de casa porque la emergencia no entiende de calendarios. Afuera hay villancicos; adentro, el sonido constante de monitores y la urgencia de salvar lo que pudo evitarse.

También hay una Navidad que no aparece en los anuncios: la de quienes trabajan para que otros celebren. Policías, enfermeras, médicos, bomberos, personal de limpieza y protección civil pasarán la noche atentos a un llamado, con el deseo íntimo de que nadie marque. Su mejor regalo es que no ocurra nada.

La Navidad debería ser, ante todo, un ejercicio de responsabilidad. Cuidar al otro, al más pequeño, al más vulnerable, incluso al que no conocemos. Celebrar sin poner en riesgo, sin convertir la tradición en accidente, sin confundir alegría con imprudencia.

Quizá este año valga la pena bajar el volumen, apagar la pólvora y encender la conversación. Regalar tiempo en lugar de ruido, presencia en lugar de excesos. Porque la Navidad no se mide por lo fuerte que suena, sino por lo profundo que toca.

Al final, la verdadera luz de estas fechas no viene del cielo ni de los fuegos artificiales, sino de la decisión cotidiana de convivir en paz. Y esa, a diferencia de la pirotecnia, no quema, no hiere y no se apaga.

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