Por Rafael Alfonso
La joven Vanessa refiere que nunca se ha llevado bien con su madre, pues la describe como una mujer impositiva que siempre ha buscado la forma de intervenir en sus decisiones. Ella recuerda que incluso desde que era niña, su madre le decía qué vestir y cómo hacer las cosas “para que le quedaran bien hechas”. Ahora que es adulta, puede expresar el dolor y la incomodidad que esto le causaba. En cuanto pudo, vio la forma (con el apoyo de su madre) de irse a estudiar a otra ciudad y ahora tiene un trabajo que la mantiene lejos del hogar.
Aunque la mudanza de la joven fue apoyada por su familia, este acto -quizás percibido por la madre como una extensión de su influencia (asegurando el “éxito” de su hija)-, se convirtió para Vanessa en una constatación de que su madre la prefería lejos, causando en ella un resentimiento que mantuvo por mucho tiempo, y que, en ocasiones como las reuniones familiares de fin de año, salían a relucir, dando pie a desagradables reproches.
Al paso de algunos años, ha sido inevitable que Vanessa comenzara a extrañar su casa, incluso a su madre. Si bien, al distanciarse físicamente de su hogar, logró establecer una distancia emocional necesaria para su desarrollo, la imagen de la figura materna controladora ha ido desvaneciéndose al grado de que a veces se pregunta: ¿Cómo fue que sufrí tanto a mi mamá? ¿Por qué me enojaba de esa forma?
Los seres humanos somos consistentes con nuestra tendencia a vivir con desagrado cualquier estímulo que amenace nuestra comodidad, o bien, de sentir como amenazante toda circunstancia que nos lleve a salir de nuestra zona de confort.
Son estas dos situaciones por las que algunos sujetos viven en conflicto, ya que no tenemos muchas alternativas: por una parte, en la necesidad del otro (sobre todo de la familia) se encuentran muchos beneficios y, al mismo tiempo, sólo podemos atribuir a ese otro la causa de nuestro malestar.
