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El humano que soy

Una persona en un momento de reflexión sobre cómo la mentira absorbe su discurso, convirtiéndolo en víctima de sus propias palabras.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Daniela Clarisa Concha León

 

Se aproxima la hora de salida, y aún con esas pinceladas de libertad que se acercan no quiero irme. Hoy tengo sesión con Perla, mi psicóloga. Ya no tiene sentido lidiar con mi mente, mis postergaciones y banalidades que llamó metas, pues han dejado de ser un anclaje para mí en esta vida. Ahora sólo me muevo porque sé que morir de hambre no está dentro de mis poéticas formas de despedirme de este mundo.

Justo de esos pensamientos planeaba hablar con Perla, sin embargo, algo invadió mi atención, ese hedor de nuevo. Hace días que percibí ese mal olor, aparecía cada determinado tiempo, coincidía con momentos, aquellos donde sabía que la mentira estaba absorbiendo mi discurso, donde me convertía en una especie de víctima queriendo mostrar orgullosamente que yo tenía razón. Justamente ahora que me encuentro en terapia, ese olor nauseabundo aparece con fuerza, a Perla parece no molestarle, ¿no lo notará o no querrá que me incomode? Lo que no me explico es por qué aparece en este momento donde se supone debo de ser muy sincera y hablar de forma libre.

Ella es tu psicóloga, se supone debes ser franca con ella y no agregar cosas que no pasaron —pensé—.

Pero no era solo agregar o modificar ligeramente por no recordar lo que me sucedió —nada de eso—, realmente me encontraba mintiendo con la firme convicción de que yo quería que ella viera que la razón estaba de mi lado, que aquella amiga de la cual le conté sesiones pasadas era una mala persona y que sólo reaccioné con intensidad de acuerdo con la situación; claro que eso pasó en mi mente, pero la realidad no se acercaba ni un poco a lo que yo conté.

—¡Cállate Roxana, deja de molestarme, como siempre lo haces, basta de tanto chisme!. En mi imaginación ella me amenazó por no querer decirle a nuestro jefe que yo era la que había hecho mal el reporte, en vez de ella.

—Si dices que fui yo, les diré a los de la oficina que ni siquiera sabes usar Excel. Y que yo sólo me defendí.

Eso le conté a mi psicóloga, entonces ella me dio formas “asertivas de comunicarme y de manejar situaciones de conflicto”. Al salir de sesión, aunque con una victoria en la mochila, no me sentía cómoda porque sabía que la realidad era otra. De hecho, Rox fue amable conmigo y mantuvimos una plática como cualquier otra, pero hace días me hizo enojar y me dejó la sensación de que es una mala persona.

Me encontré reflexionando sobre mi sesión de hoy, cuando Perla quería saber más de lo que pasó y me percaté de que en mi mente comenzó a crearse una historia. Tomé elementos de otros conflictos con Rox, usé las palabras que ella usa, incluso describí las conductas y actitudes de las que ya había hablado en mis consultas anteriores, también arme mi postura, incluí un poco de reflexiones y así comencé mi narración inventada pero que empecé a creerme.

¡Dios! Llevo días sin poder dormir, antes me consideraba una víctima, pero me observó, y me pregunto, ¿qué es lo que me habita?, que me ha alejado de mi esencia deseada, de mi pureza recta e inmaculada que quise llegar a tener. Ahora resulta que todo empieza a caer, porque sé que han sido muchas las ocasiones en que lo he hecho; no sólo con Perla, con mi familia, amigos, e incluso desconocidos. Mi necesidad de justificar que yo soy más que los demás me ha nublado la visión y no sólo eso, parece que ha trascendido, incluso siento que mi cuerpo me rechaza, ese aroma desagradable empieza a volverse mi marca personal.

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 *Esta columna es parte de Lecturas para la vida. 

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