César Elí García
En toda tradición poética hay un intento constante por clasificar lo múltiple: por épocas, por escuelas, por idiomas, por territorios. José Molina, poeta y traductor, comprendía que esta necesidad de organización no respondía solo a criterios editoriales o pedagógicos, sino a una búsqueda más profunda de orientación dentro del caos de la palabra. Su forma de enseñar poesía integraba las coordenadas temporales y geográficas como ejes complementarios, trazando un mapa donde leer no era simplemente decodificar, sino situarse.
En el verano del 2012, Pepe impartió el taller “El poeta y su trabajo. Poesía Italiana”; a lo largo de seis meces repasamos una lista de autores: Milo de Angelis, Nanni Balestrini, Roberto Mussapi, Andrea Zanzotto, Eugenio Montale, Pier Paolo Pasolini, Edoardo Sanghuineti, Giuseppe Ungaretti.
Era una fiesta escuchar a los asistentes, dar lectura a los poemas en torpe italiano. Porque Pepe, como traductor, nos facilitó los textos en su lengua de origen. Solía explicarnos que la traducción de un poema, por buena que fuera, jamás estaría a la altura de la lengua en que se gestó. Solía poner como ejemplo que la traducción sería como la fotografía de una escultura, en la que no importa que tan bueno fuera el fotógrafo, siempre habría un ángulo que se le escaparía, siempre habrá una parte del cuerpo que nos está vedada.
Esta idea resuena con la tesis de Walter Benjamin en La tarea del traductor, donde se sugiere que el objetivo de la traducción no es replicar el contenido, sino alcanzar la “intención pura” del lenguaje original, algo que rara vez se logra sin violencia. Lo que se pierde en la traducción no es solo sonido o ritmo, sino una cosmovisión lingüística: una forma de ser-en-el-mundo.
Giuseppe Ungaretti sirvió de ejemplo para explicar los límites de la traducción. Ante el poema Mattina, Pepe enmudecía, argumentando que este poema no tenía traducción, e incluso que no la necesitaba, porque de hacerse perdería su belleza semántica. Fue por ello que cuando escribí tras su deceso, para el suplemento Cronos, la nota Despidiendo a José Molina, escribí el poema en italiano, aun arriesgándome a errores ortográficos; ignorancia reprochable a los editores Rodrigo Landau y Alan Vargas, que en su obra reunida Nada me faltará, se atreven a traducir el poema.
Después del taller, algunos de los asistentes, solíamos comenzar a beber y la noche nos iba llevando, hasta amanecer en el Kokis. A las siete de la mañana que caminábamos a La Perla, Pepe gritaba feliz “M’illumino d’immenso”. Es decir, ni en su más loca borrachera se atrevió a aceptar la traducción.
Molina valoraba que un poema manifestara su lenguaje —es decir, que lo que decía no pudiera ser dicho de otra forma ni en otra lengua. Este criterio implicaba una comprensión del lenguaje, no como herramienta, si no como manifestación singular de lo real. En ese sentido, se acercaba a la fenomenología del lenguaje: lo poético no es un discurso sobre el mundo, sino una forma de revelarlo.
Esta idea remite también a la differance de Jacques Derrida: toda traducción implica diferir, desfigurar, reinventar. Pero Molina no buscaba teorizar esto: lo encarnaba. Por eso, incluso en la ebriedad de una madrugada, gritaba M’illumino d’immenso como quien no cita, si no revive. La frase se volvía gesto, acto, presencia.
Molina nos propone una postura ontológica frente al poema, pues este solo puede ser en su lengua. De esto depende que la poesía es una forma de conocimiento ligada a una cosmovisión específica, demostrando que la lengua no es un vehículo neutro, sino una manera de estar en el mundo o como dijera Heidegger El lenguaje es la casa del ser. Molina toma la postura de un maestro espiritual del lenguaje, pues en este se ocultan misterios. Además, manifiesta una postura ética, en un acto de resistencia contra la traducción simplificadora del mundo.
Semblanza:
César Elí García (Oaxaca, 1990). Egresado de la licenciatura en humanidades, en al área de filosofía (UABJO). Entre los años 2009 y 2013 fue parte de los talleres de poesía que el maestro José Molina, impartió en la Biblioteca Andrés Henestrosa. Divergencias (SECULTA, 2015) es un libro de poesía en donde publicó el apartado Insomnio. Ha publicado Fuego punk (Cabros Editores, 2022) y Espejismos (Cabros Editores, 2023). Poemas, artículos periodísticos y reseñas literarias de su autoría se publicaron en el desaparecido suplemento cultural Cronos, del periódico Tiempo de Oaxaca. En la actualidad, colabora con el portal Ciudadanía Express y gestiona el portal Cabros Editores, difusión literaria.
