Pipe Bohórquez
Sisillo, el animal con el nombre menos guajiro posible, convivió con los humanos en sueños durante milenios en total armonía, pero, como dice el reporte de la WP, los guajiros nunca se tomaron la tarea de nombrarlos. En Colombia solo fuimos capaces de copiar las palabras see de «ver» y el you de «tú» del inglés. Ni siquiera los transformamos en «sijuilotes», como en México, ni, por lo menos, en siyús, como para darle un fonema wayú. Así que se quedaron sisillos, un resultado más españolete que colombiano. Un animal colombiano que no quería ser colombiano lo hacía auténticamente más colombiano, como decía la WP.
Sin embargo, y de esta manera, finalmente pudimos darle nombre a nuestra creación más hermosa y fea que haya surgido de estas tierras. «Muy hermosos por sus colores, su aleteo, su polvo intergaláctico y luz angelical», contemplaba tantas veces el anciano Pío. Es que, al emigrar al norte, estos animalitos pasaron de ser más famosos que las hormigas culonas, a tener su propio museo y hasta alcanzar su propio parque temático, el legendario See-U-Land.
Porque los colores que desprendían estos animales al copular o al ser asustados eran mejores que ver la vía láctea o la luna desde cerquita. Y solo hasta que se los comenzaron a comer fue que descubrieron la verdadera magia y así nació el See-U-Land An Experience, que se tomó el mundo por completo.
«A nosotros nos vendían la boleta más cara que un salario mínimo. Había gente que la pagaba a cuotas solo para ser parte de esa tendencia. Increíble cómo algo que siempre tuvimos solo hasta que fueron desterrados llegó a ser valorado. Porque en La Guajira antes solo algunos interpretadores de sueños ingerían sisillos. Pero, como de emprendedores siempre tenemos poco, para tener éxito hay que dárselo a las masas. ¿Sí ve, Sarita, que nadie es profeta en su tierra? Ni para los sisillos, que eran más colombianos que los mismos colombianos», me decía desde su mecedora.
A pesar de que los sisillos trajeron abundante felicidad, no fue todo color de rosa. Ya que estas hermosas hadas cuca-ratones podían ser fieras también. «Los gringos los metían en unas licuadoras titánicas y hacían unas barras que mezclaban con cereal o chocolate. En el parque temático hacían llover desde sus nubes artificiales agua asisillada, que caía en tonos fluorescentes. Para quitarle el componente alérgico, se descubrió que se debían rociar con un sintético no tóxico, invento que después fue patentado por un científico de apellido Williams; material muy parecido al que hacían los wayús desde hace siglos. Es que hasta en eso se nos adelantaron y ese carecalvo Williams se hizo archimillonario», se reía el viejito.
Curiosamente, la verdad fue que el problema no resultó ser el componente alérgico, sino lo feroces que se tornaron estos animalitos. La razón, como nunca quisimos verle la cara, ni para comerlos, pues se embejucaron como buenos colombianos o, en términos de la WP, hubo un cambio genético, que causó una mutación debido a las prácticas poco reguladas de criaderos de sisillos en Asia.
«Sí, señor, con la piedra afuera. Porque ni el spray ni la loción ni la pomada Williams ahuyentaban a estos bichos hambrientos. Hambrientos no por hambre, porque se alimentaban del sol, sino por las ganas de joder. Vil gadejo. Fue así como resultaron tener el temperamento más colombiano que los mismos colombianos. Sara, usted es una palomita, comparada a esos diablitos», me decía con su añeja y cálida voz.
Continuará el próximo sábado…
Semblanza:
Felipe Bohórquez es un escritor colombiano con trayectoria en iniciativas de desarrollo humano y formación, tanto en política pública como en sectores como la banca y la tecnología educativa. “El retorno del sisillo” forma parte de la antología de cuentos Tierra de oro y esmeraldas (Grupo Editorial Letras Negras, 2024). Es un honor para el autor compartir su obra con el público oaxaqueño, al que admira profundamente por su riqueza cultural.
