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La última humillación humana: la IA escribe mejor que nosotros

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

Hubo un tiempo en que escribir distinguía a los seres humanos del resto del mundo. La palabra escrita era prueba de conciencia, memoria y sensibilidad. Quien dominaba el lenguaje dominaba también una parte del poder: los sacerdotes copiaban manuscritos, los periodistas moldeaban la opinión pública, los novelistas interpretaban la condición humana y los filósofos intentaban explicar el caos. Escribir no era únicamente una habilidad técnica; era una extensión del pensamiento.

Por eso el avance de la inteligencia artificial resulta tan perturbador: no está sustituyendo solamente trabajos. Está invadiendo uno de los últimos territorios que creíamos exclusivamente humanos.

Y conviene decirlo sin rodeos: en muchísimos contextos, la inteligencia artificial ya escribe mejor que nosotros.

No mejor en un sentido poético absoluto —todavía no—, sino mejor para las exigencias del mundo contemporáneo: velocidad, claridad, estructura, síntesis, precisión estadística y adaptación inmediata al tono que exige el mercado. Un algoritmo puede producir en segundos lo que a un redactor promedio le tomaría horas. Y lo hace sin cansancio, sin salario, sin sindicato y sin crisis existenciales.

La magnitud del cambio ya tiene números concretos. En 2023, OpenAI alcanzó los 100 millones de usuarios de ChatGPT en apenas dos meses, convirtiéndose en la aplicación de consumo con el crecimiento más acelerado de la historia digital. Un informe de Goldman Sachs estimó que la IA generativa podría impactar alrededor de 300 millones de empleos a nivel global, particularmente en sectores relacionados con redacción, administración, programación y análisis de información. Mientras tanto, McKinsey & Company calcula que esta tecnología podría aportar entre 2.6 y 4.4 billones de dólares anuales a la economía mundial.

El capitalismo encontró finalmente al trabajador ideal: uno que no duerme, no protesta y aprende a velocidad inhumana.

Pero el asunto va mucho más allá de la economía. Lo que está ocurriendo es una crisis cultural.

Durante décadas repetimos que las máquinas reemplazarían primero el trabajo físico y dejarían intacta la creatividad humana. La realidad terminó humillándonos. Hoy un robot todavía tiene dificultades para doblar ropa o lavar platos con precisión absoluta, pero puede redactar ensayos, resumir libros, escribir discursos políticos y producir campañas publicitarias funcionales en segundos.

La paradoja habría fascinado a Marshall McLuhan, quien sostenía que cada tecnología modifica no solo lo que hacemos, sino nuestra forma de percibir el mundo. La inteligencia artificial no está cambiando únicamente la escritura; está alterando nuestra relación con el pensamiento mismo.

Porque escribir no sirve solamente para comunicar ideas. Sirve para producirlas.

George Orwell entendía que el deterioro del lenguaje termina degradando la capacidad crítica de una sociedad. En su ensayo Politics and the English Language, advertía que las palabras automatizadas y los lugares comunes empobrecen el pensamiento político. Setenta años después, la amenaza ya no es solo la propaganda humana, sino la automatización masiva del discurso.

La IA aprende precisamente de nuestros patrones repetitivos. Consume millones de textos periodísticos, académicos y literarios hasta identificar las estructuras que producen emoción o credibilidad. Y ahí aparece la pregunta más incómoda de esta época: si una máquina puede imitar gran parte de nuestra escritura, ¿qué tan original era realmente buena parte de lo que escribíamos?

La respuesta duele porque exhibe otra verdad: enormes sectores del contenido contemporáneo ya eran industrializados antes de la llegada de la IA. Notas optimizadas para buscadores, columnas prefabricadas, textos corporativos intercambiables y discursos políticos llenos de frases vacías. La inteligencia artificial no inventó la escritura automática; simplemente la perfeccionó.

El filósofo Byung-Chul Han lleva años advirtiendo que vivimos bajo una lógica de hiperproductividad donde la velocidad vale más que la reflexión. En ese contexto, la inteligencia artificial representa la culminación del modelo neoliberal aplicado al lenguaje: producir más contenido en menos tiempo, aunque el pensamiento profundo desaparezca en el proceso.

Y, sin embargo, el problema no es tecnológico. Es humano.

Porque las máquinas no desean escribir. Nosotros sí deseamos dejar de esforzarnos.

Millones de estudiantes ya utilizan IA para redactar tareas. Empresas completas automatizan correos, campañas y reportes. Medios digitales producen artículos deportivos y financieros generados algorítmicamente. En China y Estados Unidos existen presentadores virtuales capaces de transmitir noticias las 24 horas sin cometer errores visibles. La escritura comienza a transformarse en un servicio automatizado más, como ocurrió antes con las fábricas o los centros de atención telefónica.

El economista Joseph Schumpeter llamó a este proceso “destrucción creativa”: toda innovación destruye antiguos modelos de trabajo mientras crea otros nuevos. Pero hay una diferencia crucial. Esta vez no estamos automatizando únicamente tareas mecánicas. Estamos automatizando símbolos, lenguaje y parte de la imaginación colectiva.

Por eso el miedo alrededor de la inteligencia artificial no proviene solamente del desempleo. Proviene del espejo.

La IA exhibe cuánto de nuestra vida intelectual ya funcionaba mediante fórmulas previsibles. Nos obliga a preguntarnos si realmente escribíamos para pensar o simplemente para producir contenido. Y eso explica por qué tantos sectores reaccionan con ansiedad: periodistas, escritores, diseñadores, académicos y artistas descubren que el monopolio creativo humano era menos sólido de lo que imaginaban.

Aun así, existe algo que la máquina todavía no posee: experiencia.

Joan Didion decía que escribimos para descubrir lo que pensamos. Esa dimensión íntima sigue siendo profundamente humana. Una inteligencia artificial puede describir el duelo, pero jamás velar a un amigo. Puede construir un poema sobre el miedo, pero nunca sentir terror real frente a la muerte. Puede imitar el amor, pero jamás experimentar abandono.

Y quizá ahí sobreviva el último refugio de la escritura humana: la experiencia irrepetible.

El problema es que el mercado rara vez premia la profundidad emocional. Premia la rapidez, la eficiencia y la rentabilidad. Por eso la verdadera batalla no será tecnológica, sino cultural. Habrá que decidir si queremos un mundo saturado de textos impecables pero vacíos, o una sociedad donde todavía importe escribir desde la fragilidad, la contradicción y la experiencia humana real.

Porque sí: la inteligencia artificial ya escribe mejor que nosotros en muchos aspectos.

La pregunta urgente es otra.

¿Nosotros todavía sabemos por qué escribimos?

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