México se convirtió en un país agotado.
No cansado: agotado.
Agotadas están las madres que pasan horas en el transporte público para llegar a un empleo que apenas paga la renta; agotados los jóvenes que estudian una carrera universitaria para terminar atrapados en salarios de supervivencia; agotados los comerciantes que sobreviven entre cuotas criminales, inflación y deudas; agotados los trabajadores que viven con la angustia permanente de enfermarse, quedarse sin empleo o simplemente desaparecer del sistema.
Byung-Chul Han escribió en La sociedad del cansancio que el siglo XXI ya no produce sujetos obedientes, sino individuos exhaustos. El filósofo surcoreano advertía que el capitalismo contemporáneo dejó atrás la disciplina industrial para instaurar algo más perverso: la autoexplotación. Ya no hace falta un patrón vigilando; ahora el propio trabajador se exige hasta destruirse.
México encarna esa tragedia con brutal precisión.
Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los mexicanos siguen siendo de los trabajadores que más horas laboran en el mundo: más de 2 mil horas al año en promedio. Sin embargo, esa productividad física no se traduce en bienestar. El salario real apenas alcanza para cubrir necesidades básicas y millones de personas sobreviven dentro de una economía informal que funciona sin seguridad social, sin estabilidad y sin futuro.
Trabajamos más. Descansamos menos. Ganamos poco. Y aun así vivimos endeudados.
El economista francés Thomas Piketty ha insistido en que las sociedades modernas producen riqueza como nunca antes en la historia, pero distribuyen esa riqueza de manera profundamente desigual. México es una prueba obscena de ello: mientras una pequeña élite concentra capital, propiedades y privilegios, millones de trabajadores apenas consiguen mantenerse a flote en una economía donde el costo de la vida crece más rápido que la esperanza.
Y el problema ya no es únicamente económico. También es emocional.
La ansiedad se volvió paisaje nacional.
El miedo atraviesa todos los niveles sociales: miedo a la violencia, al desempleo, a la enfermedad, al fracaso, al algoritmo, al futuro. El sociólogo Zygmunt Bauman describía esta condición como “modernidad líquida”: una época donde nada parece estable y donde incluso la identidad humana vive bajo amenaza permanente. En México, esa fragilidad tiene nombre y apellido: precariedad.
Porque el país no sólo se rompe por la pobreza. También se rompe por el desgaste psicológico de sobrevivir todos los días.
Mientras en redes sociales circulan discursos de éxito instantáneo, emprendimiento y felicidad aspiracional, millones de personas viven atrapadas en jornadas laborales extenuantes, salarios insuficientes y ciudades cada vez más violentas. El capitalismo digital convirtió incluso el descanso en mercancía. Dormir bien, comer sano o tener tiempo libre dejó de ser cotidiano para transformarse en privilegio.
El filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi sostiene que el sistema económico actual colonizó incluso nuestras emociones. El resultado es una generación hiperconectada pero emocionalmente devastada. Nunca hubo tantos estímulos, tantas pantallas, tantas promesas de éxito… y al mismo tiempo, tanta depresión silenciosa.
México parece avanzar exactamente hacia ese abismo.
La violencia tampoco ayuda. Vivimos en un país donde salir de casa implica calcular riesgos: la ruta más segura, la hora menos peligrosa, el transporte “menos peor”. El miedo cotidiano terminó integrándose a la rutina. Y cuando una sociedad normaliza vivir con miedo, comienza a erosionarse algo más profundo que la seguridad: la confianza colectiva.
Ahí está quizá la verdadera crisis nacional.
No sólo falta dinero. Falta horizonte.
El escritor Eduardo Galeano decía que la utopía sirve para caminar. El problema es que millones de mexicanos ya no saben hacia dónde caminar. Las nuevas generaciones crecieron escuchando que estudiar garantizaba movilidad social, pero la realidad terminó desmintiendo esa promesa. Hoy incluso profesionistas sobreviven entre contratos temporales, rentas imposibles y empleos mal pagados.
La meritocracia se convirtió en una ficción elegante para justificar desigualdades brutales.
Y aun así, México sigue funcionando.
Funciona porque millones sostienen al país desde el sacrificio cotidiano: maestras, choferes, enfermeras, albañiles, comerciantes, repartidores, campesinos. Personas que no aparecen en los discursos triunfalistas del poder ni en las campañas publicitarias del éxito, pero que mantienen viva la estructura social a costa de su propio desgaste físico y emocional.
Quizá la gran tragedia contemporánea no sea únicamente la pobreza.
Quizá sea el cansancio.
Ese agotamiento profundo que ya no se cura durmiendo ocho horas.
Ese desgaste moral de sentir que trabajar nunca es suficiente.
Ese miedo silencioso de vivir sin garantías reales de futuro.
México no sólo necesita crecimiento económico.
Necesita recuperar la esperanza.
