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Ahora y en la hora

Retrato de Don Arturo Lona Reyes, conocido como el Obispo de los Pobres, una figura religiosa clave en la defensa de las comunidades.
Foto(s): Cortesía
Redacción

 

Recuerdo al ser humano que en su misión por el pueblo del Dios en que creció, sirvió y practicó desde su sacerdocio y al final de su ministerio como el Obispo de los Pobres, Don Arturo Lona Reyes, quien desde nuestro primer encuentro me ganó con su imagen tan lejana de la mayoría de los obispos católicos entonces conocidos poco accesibles para la mayoría de sus feligreses, rubicundos, atendidos por familias de clase media y alta que eran casi inalcanzables y mucho menos de posibles tratos cotidianos. En su celebración eucarística para celebrar su recepción como séptimo Obispo de la diócesis de Tehuantepec, mi rebeldía adolescente me orilló a permanecer fuera del recinto para al final obligado por mi vieja, practicante de reconocida labor catequista, formarme en la larga fila para el auténtico besamanos que casi al llegar en donde se encontraba el celebrado en medio del semi obscuro curato, percibí a un hombre de espigada figura, una camiseta blanca, pantalón de mezclilla, un crucifijo de madera colgado de un hilo de cáñamo y con huaraches.

Azorado y confundido pregunté dónde estaba el Obispo que pellizco de por medio sobre todo en mi orgullo de cronopio, mitad Beatle, mitad Che Guevara  Julio Cortazar dixit, me empujó susurrando mi madre que le besara el anillo, a lo que Don Arturo me espetó: Por qué vas a besar el anillo, a lo que engallado le contesté, porque mi mamá me obliga contestando con contundencia ¡Pues sea usted cabroncito consecuente con sus ideas y no lo bese! motivándome a que lo abrasara con gusto que hasta ahora me dura aunque el COVID se haya llevado su cuerpo, mas no sus enseñanzas y parte de su corazón. Transité con él una buena cantidad de sucesos que fueron desde cuando en un diario de circulación nacional nos señalaron de estar avituallando a los insurrectos de las montañas de la sierra sur de nuestro querido Oaxaca, la mala pasada que tuve que hacerle ante su trajinar por horas sin descanso y tumbarlo con una cerbatana de más de un litro por las calles de su querido Agüitas como le decía a su tierra natal o las múltiples veces que cuando le gustaba alguna de mis bromas al son de ¡grosero! Me pedía repetirlas.

Al iniciar los cientos de viajes por carretera nos encomiaba a rezar para al termino de los rezos exclamar inequívocamente: Ahora sí ni las balas nos entran que pareciera se hizo realidad ante los once atentados que sufrió por su dedicación a los pobres, la lucha contra el caciquismo, por las tierras lo mismo en las estribaciones del Istmo, la sierra mixe zapoteca que sus queridos Chimalapa, donde transcurrieron los últimos años de su ministerio en un poblado donde convergen los límites de Oaxaca, Chiapas y Veracruz y en donde construyó una de sus últimas obras que fue la Iglesia de la Selva para la población Chinanteca que fue reubicada ante la diáspora etnocida por la construcción de la presa Miguel Alemán en la Cuenca del Papaloapan. Allí donde “capacitó” al arquitecto Olea, mi compadrito del alma, en pelar decenas de ajos antes de dormirnos que ante la pregunta repetida para qué eran, le respondió muy solemne: Arquitecto, póngalos alrededor de su petate para que no pasen las víboras, donde una y otra vez me jugara bromas que lo atacaban de la risa como cuando ante las constantes ganas de evacuar me señaló una gran ceiba en medio de la selva para calmar las consecuencias de una mala digestión y al calcular que ya estaba sin mis discretitos, gritó a voz en cuello: Antropólogo cuidado con las coralillos que allí tienen su nido, que me hizo exhibir mis vergüenza ante su risa y regocijo por cobrarse mis bromas cotidianas para él.

Unas y otra vez trató de encauzar las ansias y esfuerzos por logar un verdadero cambio así como mis desventuras cuando decidí estar conmigo mismo sensibilizándome en ejercer nuestra lucha desde varias trincheras y que decidiera una compañía de vida “porque te lo mereces hijo” con ese amor filial que me prodigó por años, el mismo que hizo que me increpara y llamara la atención cuando el gobernador de ese entonces llegó a la comunidad de la selva para inaugurar entre otras obras por él gestionadas la clínica médica, un puente y un  invernadero para cultivo de las mujeres del pueblo y por mi ansiedad de llegar a la capital del Estado después de una semana permaneciendo aislado, pedí si me podía transportar en el helicóptero que llevó a la comitiva de gobierno. A pesar de su negativa nos dio su bendición que estoy convencido que nos salvó cuando en el cerro de San Felipe un 28 de noviembre de 2007, hace ya 18 años, nos salvamos de perecer a pesar que el índice de salir vivos de ese tipo de accidentes es muy bajo y hoy junto a la experiencia de volver a vivir, renuevo Tata hasta allá en donde estés mi decisión inquebrantable por seguir tus enseñanzas por justicia y respeto a los diferentes con tu motivación: ¡Ahora qué, a luchar con fe hermanito!        

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