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Muerteada en Etla, Oaxaca: disfraces, música y baile hasta el amanecer

Foto(s): Cortesía
Nadia Altamirano Díaz

La música de banda que resuena en la cancha Los Higos de Santo Domingo Barrio Bajo, es el llamado a la Muerteada Femenil de las Mujeres de la Muerte que invita a quienes pueblan una de las dos agencias del municipio de la Villa de Etla, a bailar hasta que la noche se extinga.

Son las 21:00 horas del último día de octubre. El techo de la cancha aminora el frío y evita que las personas que empiezan a congregarse se expongan a ese mítico sereno nocturno que puede colarse por las vías respiratorias.

En una esquina de la cancha, un pequeño templete negro flanqueado por bocinas y con reflectores del que emanan luz led que cambia de colores.

En el otro extremo: la tuba, los clarinetes, las trompetas, las percusiones y la tambora resuena con la carnavalesca pieza "El gallo viejo". Un hombre corrobora que los cuatro cilindros de gas -de 5 kilos cada uno- estén bien conectados a las bases de donde saldrán fuego y chispas.

 La sátira

El cuadro escénico de un bautizo, salpicado de sátira de hechos relevantes o problemáticas de la población como la escasez de agua, está listo. En el templete diez mujeres disfrazadas de diablas, la muerte, dos enfermeras, dos curanderas, dos madrinas, el bautizado, su mamá y el sacerdote improvisan versos haciendo alusión a la muerte del padre del bautizado, quien simula estar tendido en el suelo.

Monserrat Hernández, una de las encabezadas (título que se utiliza para identificar a quienes lideran) le tocó el papel de madrina en el cuadro, es una de las 10 mujeres de la muerte que desde 2014 organizan la Muerteada femenil para armar la fiesta la última noche de octubre, un día previo a que la cabecera municipal comience con una serie de cuatro muerteadas que el 18 de noviembre culminará con la femenil de Las Meras Meras.

Con los años Las Mujeres de la Muerte dieron cabida a cuatro hombres que también participan en la organización, como Edwin que cumplió con el papel de sacerdote y que dispuso de su casa y los alimentos para dar de almorzar al día siguiente a toda aquella persona que sobreviva a la trasnochada.

Lucero Robledo, quien para distinguir que es una de las 30 Damas de Negro que desde hace siete años organiza la Muerteada femenil de uno de los cuatro barrios de Soledad, Etla, sabe bien que en el calendario la de Santo Domingo Barrio Bajo es la primera Muerteada femenil en el Valle de Etla, pues el resto se realizan en noviembre, cuando los hombres abrieron con este tipo de tradiciones que distinguen lo mismo a municipios como San Agustín, Santiaguito o Nazareno, Etla.

Organizar

Tan sólo en el municipio de Soledad, Etla, durante los primeros 18 días de noviembre se desarrollan diez muerteadas, dos por cada uno de los cinco barrios, además de cuatro femeniles.

“En nuestra población las mujeres son las que organizamos, elegimos la banda y costeamos todo”, lo que en cualquier población les implica hacer rifas, vender comida o algunas actividades el resto del año para lograr un financiamiento que suele rondar en los cien mil pesos que se gastan en una sola noche.

Las vicisitudes para reunir dinero las sabe también Yuruari Santiago Martínez de Las Catrinas de Reyes, Etla, a un kilómetro de esta agencia municipal y cuyas integrantes aceptaron también la invitación de acudir a esta Muerteada femenil, un símbolo de hermandad. Junto con Reynas de Reyes son una de las dos agrupaciones femeniles que alistan su Muerteada para el próximo sábado 4 de noviembre.

La puesta en escena termina antes de que el reloj marque las 22:00 horas y la Muerteada se agranda cuando hombres, mujeres, niñas y niños bailan por igual, sin disfraz de por medio, aunque no falta quien sólo llegó a mirar y se queda de pie, con los pies entumecidos por la arritmia.

Un jóven demuestra que sabe divertirse, brinca sin llegar al slam. Los 20 integrantes de la banda Imponente de Oaxaca tocan la vibora de la mar y una mujer disfrazada de novia sabe que debe estar en el centro de la pista, pero a falta de novio o catrín, otra disfrazada le ayuda a entrelazar sus manos para formar un arco humano por el que pasan las personas con más disposición a divertirse, con disfraz o sin éste.

Una estructura en forma de carrizo y forrada de tela morada con grandes ojos blancos es sostenida por un jóven que la hace girar con las fuerzas de unas manos que se cansan antes de que termine la música. Las chispas y el fuego salen de manera intermitente de cuatro cañones colocados en el piso, enfrente de la banda y la emoción crece.

Diseñar el disfraz

Al lado de brujas, payasas, diablas y catrinas, en una esquina un niño se divierte azotando un chicote, formado con mecate e ixtle, como si fuera un látigo. 

En la gran pista de baile una pareja de disfrazados se incorpora para acaparar las miradas; son brujos con disfraces diseñados por uno de ellos, Mauricio, quien vive en la Villa de Etla.

Su técnica fue simple. Buscar una ropa aviejada y colocarle en la espalda troncos y en el resto hojas artificiales. La peluca de él y de Daniela, su acompañante que por primera vez se disfraza, la hizo con un gorro que con ixtle simula canas. La máscara la elaboró con una gran nariz y cuernos utilizando simplemente papel periódico. Unas largas uñas negras las pegó en unos guantes.

“Tengo 44 años y me he disfrazado desde los 17 años”, casi la misma edad que ahora tiene Daniela, quien experimenta por primera vez la emoción que provoca sorprender a la gente con un atuendo que la hace continuar con una tradición y sentir la adrenalina de bailar entre las miradas de la gente.

Una diabla, vestida con ropa cotidiana de color negro, una cola roja y una máscara elaborada de cartón con grandes cuernos que en la punta llevan un cascabel se mueve a sus anchas.

El reloj avanza para marcar las 22:24 horas y quienes dan vida a la Muerteada comienzan a caminar por la calle Melchor Ocampo para empezar a visitar con calma y a ritmo de música más de 50 casas donde recitan versos o simplemente bailan. Hay quienes se quedan a comer en un puesto de tacos instalado frente a la cancha de la que se adueñan niños que tienen amplio espacio para hacer sonar su chicote, como Víctor que apenas tiene siete años.

“Él sólo aprendió”, cuenta Laura, la madre de Víctor, quien ha experimentado cómo sus deseos de dominar una suerte de látigo le desplazó sus ganas de disfrazarse.

La Muerteada avanza flanqueada por una patrulla, cuyas luces de la torreta se amplifican por la oscuridad en una calle sin pavimento. Con su música la banda marca la pauta para detenerse en una primera casa sin barda a la que todas las personas están invitadas a pasar.

El depósito móvil

Al final del contingente una pequeña camioneta blanca se encarga de vender refrescos, agua, cigarros o un paquete de seis cerveza por 150, un medio para costear los gastos.

“La camioneta es prestada por un amiga y el esposo de una compañera nos ayuda a manejar, le échamos 600 pesos de gasolina, esperemos que nos aguante”, confía Abril, quien junto con Edith y David cambiaron el gusto de disfrazarse y bailar para atender un depósito móvil provisto con 35 charolas de 24 cervezas enlatadas cada una.

Antes de que sean las 23:00 horas Sonia, Virginia y Lázaro se incorporan a la Muerteada, pero sólo una de ellas porta la máscara que le da el ímpetú para bailar sin sentirse juzgada.

No es que se les haya hecho tarde, si no que para ellas y él ésta es la mejor hora para encontrar un buen ambiente del que esperan salir expulsados a las 3:00 horas del día que está por comenzar.

Depende de lo que se busque, para Lázaro, hay mejores muerteadas en otros municipios por los disfraces, pero esta noche eligieron bailar y escuchar música de banda sin tomar tanto alcohol.

La Muerteada sigue recorriendo las calles ya sin alumbrado público y una vendedora de dulces no tiene dificultad para mostrar su mercancía, del canasto ha colgado una gran foto que funciona por una pila.

Una pareja de adolescentes muestra más interes en el deseo que en el baile. Dos mujeres disfrazadas de La Guayaba y La Tostada, dúo de borrachitas que fueron creadas para la película "Nosotros Los Pobres", personajes se van despojándose de la máscara para volver a casa, como ocurre con más personas para quienes el sueño se impone.

Llega la medianoche y mientras la música de banda suena y suena, en la mayoría de calles las casas están cerradas, sólo las taquerías y las vinaterías están abiertas, pero para quien sabe que tener vida y bailar, con disfraz o sin éste, es la motivación, la Muerteada acabó hasta las 7:00 horas del miércoles, cuando llegó al panteón, un lugar del que aún no quieren ser huéspedes.

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