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La opinión pública en los tiempos del desorden informativo

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

La opinión pública ya no es un espacio reconocible. Es un campo fragmentado donde cada quien no solo sostiene una idea distinta, sino que opera dentro de versiones distintas de la realidad. El desacuerdo dejó de ser político para volverse, en muchos casos, epistemológico: ya no discutimos interpretaciones del mundo, sino qué mundo existe.

Esto no es una exageración. Es una transición documentada.

El sociólogo Manuel Castells lo llamó hace años “autocomunicación de masas”: un entorno donde los individuos ya no dependen de emisores centrales para informarse, sino que producen, distribuyen y consumen información dentro de redes cerradas. El resultado no es solo pluralidad, sino separación progresiva de universos informativos.

Y esa separación tiene consecuencias.

El Reuters Institute Digital News Report 2025 muestra que la confianza en las noticias sigue debilitándose en múltiples democracias, incluso en aquellas con tradición mediática sólida. La paradoja es evidente: la oferta informativa crece, pero la credibilidad se erosiona. No es escasez de información; es exceso sin jerarquía compartida.

En ese vacío, la idea clásica de esfera pública empieza a desdibujarse. Jürgen Habermas la pensó como un espacio de deliberación racional donde ciudadanos, a través de intermediaciones confiables, podían construir consensos mínimos. Esa arquitectura nunca fue perfecta, pero sí operativa. Hoy, esa condición básica —un marco común de referencia— está en duda.

No porque haya desaparecido la conversación, sino porque ha perdido centro.

Walter Lippmann lo había anticipado en 1922 con una crudeza que hoy resulta incómoda: los ciudadanos no reaccionan al mundo directamente, sino a “imágenes en sus cabezas”. Pero incluso esa intuición presupone algo que hoy se ha debilitado: que esas imágenes podían ser parcialmente compartidas. En la actualidad, lo que se fragmenta no es solo la opinión, sino el propio inventario de lo real.

Las plataformas digitales intensifican este fenómeno. No están diseñadas para producir consenso, sino para maximizar permanencia. Como han mostrado múltiples estudios en comunicación digital, los sistemas algorítmicos tienden a reforzar patrones previos de consumo informativo, reduciendo la exposición al disenso y favoreciendo la formación de cámaras de eco.

No se trata de una conspiración tecnológica, sino de una lógica de diseño: lo que retiene atención se amplifica; lo que contradice creencias tiende a desplazarse.

El resultado es una opinión pública que ya no se construye por convergencia, sino por acumulación de fragmentos paralelos.

Aquí aparece el punto más delicado: la desinformación.

Durante años se ha colocado la “fake news” en el centro del problema. Pero incluso académicos como Yochai Benkler o Cass Sunstein han advertido que el fenómeno no puede entenderse solo como circulación de falsedades, sino como resultado de entornos informativos polarizados donde la verificación pierde autoridad social. No es que la mentira haya vencido a la verdad; es que la verdad ha perdido árbitros reconocidos.

Y cuando no hay árbitros, todo se vuelve disputable.

Eso transforma la política.

La democracia no requiere unanimidad, pero sí requiere un mínimo de mundo compartido. Sin ese piso, el desacuerdo deja de ser deliberación y se convierte en colisión de realidades incompatibles. No discutimos políticas públicas; discutimos qué país existe.

La politóloga Zeynep Tufekci ha descrito cómo las plataformas digitales no solo amplifican discursos, sino que reorganizan la manera en que se forman las audiencias políticas, favoreciendo dinámicas de movilización rápida pero inestable, donde la atención sustituye a la reflexión sostenida.

Eso explica algo que ya es visible: la conversación pública se ha vuelto intensa, pero inestable; hiperactiva, pero incapaz de sedimentar acuerdos duraderos.

En paralelo, la confianza institucional sigue en descenso. El fenómeno no es exclusivo de los medios. Abarca gobiernos, partidos, academia e incluso organismos internacionales. El Edelman Trust Barometer ha documentado durante años este desgaste: la desconfianza ya no es coyuntural, sino estructural. La autoridad epistémica está distribuida, pero no estabilizada.

El problema, entonces, no es que existan muchas voces. Eso podría ser una riqueza democrática. El problema es que esas voces ya no operan dentro de un mismo marco de validación.

El resultado es una esfera pública sin centro de gravedad.

Y eso tiene un efecto político profundo: la verdad deja de ser punto de encuentro y se convierte en recurso de identidad. No importa solo qué se dice, sino desde qué comunidad se dice. La información deja de ser común y se vuelve territorial.

En ese escenario, la opinión pública no desaparece. Se multiplica hasta volverse irreconciliable consigo misma.

Tal vez por eso la pregunta de fondo ya no es quién tiene razón, sino otra más inquietante: qué queda de la vida democrática cuando el desacuerdo deja de compartir realidad.

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