Pasar al contenido principal

Ideología: la fábrica de legitimidad en Oaxaca

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

En Oaxaca, la palabra “transformación” se convirtió en un salvoconducto político. Todo se justifica en su nombre: la concentración de decisiones, la propaganda permanente, la polarización digital, el culto a la cercanía popular y hasta la incapacidad institucional para resolver problemas estructurales que llevan décadas pudriéndose frente a la ciudadanía.

Y, sin embargo, el problema más delicado quizá no sea el fracaso administrativo ni el desgaste político natural del poder. El verdadero problema es otro: buena parte de la sociedad dejó de discutir resultados para comenzar a consumir narrativas.

Ahí es donde el concepto de ideología de John B. Thompson conserva una vigencia brutal en el Oaxaca de 2026.

Porque Thompson entendía la ideología no como un simple conjunto de ideas políticas, sino como formas simbólicas utilizadas para sostener relaciones de dominación. En otras palabras: la ideología no necesita imponer silencios absolutos; le basta con administrar percepciones, reorganizar emociones y moldear la manera en que la sociedad interpreta la realidad.

Y eso ocurre hoy en Oaxaca con una eficacia inquietante.

La propaganda de la cercanía

Durante años, los gobiernos tradicionales utilizaban la solemnidad para representar poder. La nueva política aprendió algo más rentable: aparentar cercanía.

En Oaxaca, la comunicación institucional contemporánea vive obsesionada con construir una narrativa emocional donde el gobierno aparece permanentemente del lado del pueblo. Las giras comunitarias, los videos espontáneos, las transmisiones en redes, las fotografías entre baños de pueblo y los discursos donde se repite una y otra vez la palabra “humanismo” forman parte de una maquinaria simbólica mucho más sofisticada de lo que parece.

No se trata únicamente de comunicar acciones públicas. Se trata de fabricar legitimidad emocional.

Mientras Oaxaca sigue encabezando indicadores nacionales de pobreza, rezago hospitalario y carencias estructurales en múltiples regiones, buena parte del aparato político concentra enormes esfuerzos en controlar el relato público de la realidad.

Ahí opera una de las principales estrategias ideológicas descritas por Thompson: la legitimación.

El poder necesita presentarse como moralmente superior incluso cuando los resultados siguen siendo insuficientes.

Por eso la narrativa oficial suele convertir cualquier crítica en un supuesto ataque político, resistencia conservadora o intento de desestabilización.

No importa si el reclamo proviene de médicos sin insumos, comunidades sin agua potable, familiares de desaparecidos o transportistas inconformes. El conflicto rara vez se discute solamente por su contenido; rápidamente se reinterpreta como una disputa entre “el pueblo” y “los adversarios”.

El pueblo convertido en escenografía política

Otra estrategia descrita por Thompson es la unificación: construir identidades colectivas capaces de borrar contradicciones internas.

Y Oaxaca representa quizá uno de los escenarios más complejos para observar ese fenómeno.

El discurso político contemporáneo utiliza constantemente la imagen de los pueblos originarios, la resistencia comunitaria y la identidad cultural oaxaqueña como símbolos de legitimidad. Sin embargo, detrás de esa narrativa persiste una realidad mucho más incómoda.

Las comunidades indígenas siguen enfrentando abandono histórico, migración forzada, violencia, despojo territorial y falta de servicios básicos.

La contradicción resulta brutal: mientras el poder romantiza la identidad indígena en el discurso, miles de comunidades continúan sobreviviendo entre carencias estructurales que ningún gobierno ha logrado desmontar realmente.

La ideología opera precisamente ahí: cuando la desigualdad deja de percibirse como fracaso político y comienza a maquillarse como símbolo cultural de resistencia.

Oaxaca: entre la precariedad normalizada y el espectáculo político

John B. Thompson advertía también sobre la reificación: convertir problemas históricos en situaciones aparentemente naturales.

Y Oaxaca normalizó demasiadas cosas.

Normalizó escuelas deterioradas. Normalizó hospitales sin medicinas. Normalizó carreteras inconclusas. Normalizó que miles de jóvenes migren cada año porque el estado no logra ofrecer condiciones mínimas de desarrollo.

La precariedad se volvió paisaje.

Quizá ahí reside una de las victorias ideológicas más profundas del poder contemporáneo: lograr que la sociedad administre el cansancio en lugar de exigir transformaciones estructurales reales.

Mientras tanto, la política oaxaqueña avanza hacia otro fenómeno todavía más peligroso: la espectacularización permanente.

Hoy los gobiernos no solamente gobiernan; producen contenido.

Cada evento necesita viralizarse. Cada declaración debe convertirse en tendencia. Cada confrontación política se transforma en material para consumo digital.

La consecuencia es devastadora para el debate público.

Las emociones sustituyen al análisis. El algoritmo premia el escándalo. La indignación dura menos de un ciclo informativo.

Y en medio de esa hiperaceleración mediática, la ideología se vuelve más eficiente porque deja de percibirse como propaganda.

Ahora circula disfrazada de autenticidad.

La fragmentación como método de control

Thompson describía otra operación fundamental de la ideología: la fragmentación.

Dividir a potenciales críticos.

Desprestigiar opositores.

Reducir cualquier disidencia a una etiqueta simplificada.

En Oaxaca, ese mecanismo se volvió visible en redes sociales y en buena parte del discurso político contemporáneo.

Quien cuestiona megaproyectos puede ser acusado de oponerse al desarrollo. Quien denuncia inseguridad puede ser señalado de exagerar la crisis. Quien critica decisiones gubernamentales termina reducido a “enemigo político”, “vocero de intereses oscuros” o “nostálgico del viejo régimen”.

La discusión pública dejó de construirse alrededor de argumentos y comenzó a organizarse alrededor de bandos emocionales.

Eso le conviene al poder.

Porque una sociedad polarizada discute identidades; una sociedad crítica discute resultados.

El peligro de una ciudadanía emocionalmente agotada

El Oaxaca de 2026 enfrenta un fenómeno silencioso: el desgaste emocional colectivo.

La ciudadanía vive atrapada entre la precariedad económica, la saturación informativa y la confrontación política permanente. Y cuando una sociedad se acostumbra al ruido constante, comienza a perder capacidad de indignación.

Ese agotamiento favorece directamente a las estructuras de poder.

Porque la ideología contemporánea ya no necesita convencer plenamente a todos. Muchas veces le basta con provocar cansancio, resignación o apatía.

Quizá por eso el concepto de Thompson sigue siendo tan incómodo.

Porque obliga a entender que el poder no solamente controla presupuestos, instituciones o fuerzas políticas. También disputa algo mucho más profundo: la manera en que la sociedad interpreta su propia realidad.

Y Oaxaca ofrece hoy un ejemplo alarmantemente claro.

La política contemporánea ya no busca únicamente gobernar el territorio.

Busca gobernar la percepción.

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.