En las últimas décadas, el ejercicio del poder ha dejado de ser un instrumento para organizar la vida común y se ha convertido, con alarmante frecuencia, en un mecanismo de dominación desvinculado de cualquier horizonte ético. La crisis no es únicamente institucional; es, ante todo, una crisis de valores. Y ahí radica su mayor peligro: cuando el poder se emancipa de la ética, deja de servir y comienza a someter.
El poder y el valor, de Luis Villoro, ofrece una clave fundamental para comprender este deterioro. El filósofo distingue entre un poder legítimo —aquel que se funda en valores compartidos y en el reconocimiento del otro— y un poder de imposición, que se sostiene únicamente en la capacidad de coacción. Cuando el poder deja de justificarse en valores, advierte Villoro, se convierte en pura fuerza, en un ejercicio vacío de legitimidad.
Lo que hoy observamos, en distintos niveles —político, económico e incluso social—, es precisamente esa mutación: el tránsito de un poder que buscaba justificarse hacia uno que ya no siente la necesidad de hacerlo. La retórica pública aún invoca conceptos como “bien común” o “interés general”, pero en la práctica estos han sido desplazados por lógicas de control, acumulación y supervivencia en la cima.
El problema no es nuevo, pero sí se ha profundizado. La condición humana, de Hannah Arendt, advertía que el poder auténtico surge de la acción colectiva y del acuerdo entre iguales, mientras que la violencia aparece cuando ese poder se erosiona. Lo que vemos hoy no es tanto un exceso de poder, sino su degradación: donde no hay legitimidad, emerge la imposición.
En ese mismo registro crítico, Vigilar y castigar, de Michel Foucault, mostró cómo el poder moderno no siempre se ejerce de manera visible o brutal, sino a través de mecanismos más sutiles: la vigilancia, la normalización, la disciplina. El abuso contemporáneo no siempre grita; muchas veces se administra, se burocratiza, se vuelve cotidiano. Y ahí radica su eficacia.
Pero reducir el problema a las élites sería cómodo —y profundamente insuficiente. La crisis de valores también se filtra en la vida social, en la normalización del abuso pequeño, en la tolerancia al privilegio injustificado, en la aceptación pasiva de la desigualdad. El poder no solo se ejerce desde arriba; se reproduce en cada espacio donde alguien puede imponerse sobre otro sin cuestionamiento.
Ética para Amador, de Fernando Savater, plantea que la ética no es un código abstracto, sino una práctica cotidiana que define nuestras decisiones. Cuando esa práctica se debilita, el terreno queda libre para que el poder opere sin contrapesos morales. No se trata solo de leyes o instituciones, sino de convicciones.
Volver a Villoro es inevitable. Para él, el poder legítimo requiere reconocimiento, no imposición. Esto implica una transformación profunda: pasar de una lógica de dominio a una de responsabilidad. El poder, en su sentido más pleno, no consiste en la capacidad de mandar, sino en la posibilidad de construir con otros.
La pregunta de fondo no es si el poder está siendo mal ejercido —eso es evidente—, sino por qué hemos aceptado, de manera tan extendida, su desvinculación de los valores. Tal vez porque resulta más cómodo delegar la ética que asumirla. Tal vez porque el poder sin valores, aunque injusto, es funcional para quienes lo detentan y tolerable para quienes no se sienten directamente afectados.
Sin embargo, la historia muestra que esa separación no es sostenible. Un poder que no se legitima en valores termina por erosionar el tejido social que lo sostiene. Y cuando ese tejido se rompe, no hay estructura que resista.
La salida no pasa únicamente por reformas institucionales, aunque sean necesarias. Pasa por una reconstrucción ética: por recuperar la idea de que el poder debe justificarse, limitarse y, sobre todo, responder ante los otros. No como concesión, sino como principio.
Porque cuando el poder pierde el valor, no solo se corrompe: se vacía. Y en ese vacío, lo que queda no es autoridad, sino dominio. Y no hay sociedad que pueda sostenerse indefinidamente sobre esa base.
