México lleva décadas confundiendo escolarización con educación. Se construyen aulas, se reparten libros de texto, se anuncian reformas sexenales con nombres grandilocuentes y se presume el acceso universal como si la cobertura, por sí misma, equivaliera a conciencia crítica. Pero basta entrar a cualquier salón de clases del país —desde una secundaria técnica en el Istmo de Tehuantepec hasta una preparatoria saturada en Ecatepec— para descubrir que el problema de fondo sigue intacto: la escuela mexicana continúa enseñando, muchas veces, a repetir antes que a pensar.
Ahí es donde la tesis de Paulo Freire conserva una vigencia brutal. Su concepto de “educación bancaria” describía un modelo donde el maestro deposita información en alumnos convertidos en recipientes vacíos. El estudiante memoriza, repite y obedece. No dialoga con el conocimiento: lo almacena. La educación deja entonces de ser una herramienta de emancipación para convertirse en mecanismo de domesticación social.
La tragedia mexicana es que esa lógica sigue respirando en miles de escuelas públicas y privadas.
El alumno que cuestiona incomoda. El que memoriza obtiene diez. El sistema recompensa la disciplina burocrática del conocimiento: copiar, subrayar, transcribir, llenar formularios y aprobar exámenes estandarizados que pocas veces miden comprensión profunda. La creatividad suele ser castigada porque retrasa el programa; el pensamiento crítico porque tensiona la autoridad; la conciencia política porque resulta peligrosa para cualquier estructura de poder.
Freire advertía que ninguna educación es neutral. O libera o domestica.
Y en México, demasiadas veces, domestica.
El problema no comienza únicamente en las aulas. Comienza en un modelo económico que necesita trabajadores funcionales antes que ciudadanos críticos. Ahí conecta de manera feroz el pensamiento de Aníbal Ponce, quien entendía la educación como reflejo directo de la lucha de clases. En Educación y lucha de clases, Ponce desmontó la idea romántica de la escuela como espacio imparcial: cada modelo educativo responde a los intereses de la clase dominante de su tiempo.
La educación colonial enseñaba obediencia religiosa; la industrial, disciplina laboral; la neoliberal, competencia individual y productividad emocional.
Por eso hoy abundan escuelas que enseñan inglés para atender call centers, programas técnicos diseñados únicamente para abastecer maquilas o universidades privadas que venden “liderazgo” como si fuera un paquete aspiracional de consumo. El lenguaje empresarial colonizó el discurso pedagógico: competencias, productividad, capital humano, eficiencia terminal.
Se habla cada vez menos de filosofía y cada vez más de empleabilidad.
Como si el objetivo supremo de educarse fuera únicamente sobrevivir en el mercado.
Mientras tanto, el país se hunde en contradicciones obscenas: estudiantes indígenas caminan horas para asistir a escuelas sin internet; universidades públicas sobreviven entre recortes; maestros enseñan en comunidades donde el crimen organizado tiene más presencia institucional que el Estado; jóvenes desertan porque trabajar se volvió más urgente que aprender.
Y aun así, desde el poder, se insiste en medir el éxito educativo con estadísticas administrativas.
La educación mexicana parece atrapada entre dos ficciones: la oficial, que presume avances históricos; y la empresarial, que reduce al alumno a pieza económica. En medio queda el ser humano.
Freire proponía lo contrario: una educación libertaria, dialógica, capaz de convertir al estudiante en sujeto histórico. No un receptor pasivo, sino alguien capaz de leer críticamente el mundo para transformarlo. Educar no como entrenamiento técnico, sino como acto político y profundamente humano.
Eso implica algo incómodo para cualquier gobierno: enseñar a disentir.
Porque un estudiante que aprende a pensar termina cuestionando desigualdades, privilegios, corrupción, racismo, clasismo y autoritarismo. Y ningún poder disfruta ciudadanos demasiado conscientes.
Por eso las discusiones educativas en México suelen concentrarse en calendarios escolares, evaluaciones o disputas sindicales, pero rara vez en la pregunta esencial: ¿para qué educamos?
¿Para producir mano de obra barata o para formar ciudadanos libres?
La diferencia no es menor. Define el tipo de país que se construye.
Quizá la mayor derrota educativa de México no sea la baja comprensión lectora ni los pobres resultados internacionales. Quizá sea haber convertido la curiosidad en obediencia y la imaginación en trámite burocrático.
Porque una nación que enseña a memorizar sin comprender corre el riesgo de criar generaciones enteras incapaces de cuestionar el mundo que las oprime.
Y un país donde nadie cuestiona, termina aceptando cualquier cosa.
