Cada temporada de lluvias, Oaxaca revive la misma historia. Calles convertidas en ríos, vehículos varados, viviendas inundadas, árboles derribados y ciudadanos atrapados entre el agua y la incertidumbre. Lo que debería ser un fenómeno natural propio de la temporada se transforma, año tras año, en una emergencia que exhibe las debilidades de nuestras ciudades y la falta de planeación urbana.
Las recientes inundaciones registradas en la zona metropolitana de Oaxaca no son únicamente consecuencia de las fuertes precipitaciones. También son el resultado de décadas de crecimiento urbano desordenado, invasión de cauces naturales, basura acumulada en drenajes y una insuficiente inversión en infraestructura hidráulica. La lluvia cae con intensidad, sí, pero el desastre ocurre porque el agua ya no tiene por dónde circular.
Resulta paradójico que mientras las autoridades anuncian programas ambientales y campañas de concientización, los ríos, arroyos y afluentes continúan siendo ocupados por construcciones irregulares. En algunos casos, los cauces han sido reducidos a simples canales incapaces de contener los volúmenes de agua que acompañan a las tormentas cada vez más intensas derivadas del cambio climático.
Las inundaciones también dejan al descubierto otra realidad: la vulnerabilidad de miles de familias que habitan en zonas de riesgo. Muchas de ellas no eligieron vivir ahí por comodidad, sino por necesidad. Sin embargo, la responsabilidad de prevenir tragedias no puede recaer únicamente en quienes enfrentan la precariedad. Corresponde a las autoridades hacer cumplir la ley, ordenar el crecimiento urbano y garantizar obras que protejan a la población.
El problema ya no puede verse como una contingencia ocasional. Los eventos meteorológicos extremos serán cada vez más frecuentes. Los expertos llevan años advirtiéndolo. Lo que antes ocurría una vez cada cierto tiempo ahora sucede varias veces en una misma temporada. La pregunta no es si volverá a inundarse la ciudad, sino cuándo ocurrirá la próxima vez.
La solución requiere mucho más que brigadas de emergencia y recorridos de supervisión después de cada tormenta. Se necesitan políticas públicas de largo plazo, mantenimiento permanente de la infraestructura pluvial, recuperación de espacios naturales y una estricta regulación del uso del suelo.
Porque cuando el agua invade calles y hogares, no solo arrastra lodo y basura. También se lleva la tranquilidad de las familias, afecta el patrimonio de quienes menos tienen y evidencia las omisiones acumuladas durante años.
La naturaleza siempre encuentra el camino. El desafío es decidir si seguiremos ignorando las señales o si finalmente aprenderemos a convivir con ella de manera responsable.
