- "Vayamos con alegría al encuentro del Señor" (Salmo 121)
Por LUBIA ESPERANZA AMADOR
Hermanos: ¡Feliz Año Nuevo! No, no crean que ando adelantándome a las fechas civiles; me refiero al Año Litúrgico que iniciamos hoy, con el Domingo I de Adviento.
La palabra adviento viene del latín “adventus” que significa “venida” (adventus Redemptoris: “venida del Redentor”). El adviento es el tiempo que marca el inicio del Año Litúrgico que concluyó el domingo pasado con la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Su sentido es actualizar la espera del Mesías, participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador (hace más de dos mil años); y renovando el ardiente deseo de su segunda venida, llamada Parusía, la cual ocurrirá al final de los tiempos.
Las figuras o personajes del Adviento son tres: El Profeta Isaías, quien es la figura de espera por la Salvación. San Juan Bautista, quien es la figura de preparación, es el precursor de Cristo, pues vino a “allanarle el camino”, anunciando al pueblo la Buena Noticia (Lc 3, 18) de la llegada del Salvador. Y la Virgen María: quien es la Virgen de la esperanza y Madre del Salvador (Lc 1, 43); por eso, especialmente durante el Adviento, la Iglesia vuelve sus ojos hacia Ella, para aprenderle cómo se prepara la venida del Emmanuel (Dios con nosotros) y cómo se da al Mundo al Salvador.
Los principales símbolos del Adviento son:
El color morado, que caracteriza a este Tiempo Litúrgico, simboliza el arrepentimiento, la conversión.
La Corona de Adviento, con sus cuatro velas sobre ramos verdes, es memoria de las diversas etapas de la Historia de la salvación antes de Cristo y símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de justicia (Mal 3,20; Lc 1,78); circular, pues representa la eternidad de Dios; verde porque simboliza la vida, la esperanza; sus moños rojos son símbolo del amor de Dios que nos envuelve.
El Árbol de Navidad, cuyo origen posiblemente sea germano, nos recuerda al Árbol cuyos follajes y frutos no se agotarán y servirán de alimento y medicina para el hombre (Ezequiel 47,12).
El Nacimiento: Cuyo origen se atribuye a San Francisco de Asís, quien lo representó por primera vez el 25 de diciembre de 1223, en el bosque de Greccio (Italia); y, en América, los frailes lo introdujeron como parte de las costumbres navideñas cristianas que utilizaban para la evangelización de nuestros antepasados.
Las Posadas: De ellas se sabe que Fray Diego de Soria, superior del convento de San Agustín de Acolman (en el Estado de México), obtuvo en 1587 permiso del Papa Sixto V para celebrar nueve Misas de aguinaldo en México, con el fin de evangelizar a los nativos, incluso contaban con Indulgencia Plenaria. Con el tiempo este novenario pasó de los atrios a los hogares, muchas veces rezando únicamente el Santo Rosario; costumbre que prevalece. Lamentablemente en muchos lugares las posadas han perdido su espíritu religioso, quedando la pura fiesta y lo peor es que están empapadas de excesos.
Qué lindo es ver una casa llena de estos símbolos del Adviento; pero es importante que no caigamos en meras prácticas consumistas, sino hagamos del Adviento un tiempo de preparación, de permanecer firmes en la fe, alegres en la esperanza y eficaces en la caridad. ¡Que así sea!
