Hay algo profundamente mexicano en nuestra forma de celebrar.
No basta con ganar. Hay que salir a la calle. Hay que cerrar avenidas. Hay que treparse a los monumentos. Hay que incendiar una emoción colectiva hasta convencernos de que, por unas horas, todo está bien.
Y quizá ese sea el verdadero milagro del futbol.
No meter goles.
Sino borrar, aunque sea por noventa minutos, la realidad.
México vive uno de los mejores Mundiales de su historia reciente. La Selección ilusiona. Juega bien. Gana. Hace soñar a millones. Ojalá siga avanzando.
El problema nunca ha sido el futbol.
El problema empieza cuando once jugadores consiguen unir al país más que cualquier causa nacional.
Mientras el Ángel de la Independencia se llena de banderas, hay madres que siguen llegando al mismo sitio con fotografías de hijos que nadie ha encontrado. Más de 135 mil personas permanecen desaparecidas en México, según el registro oficial. No son estadísticas. Son lugares vacíos en la mesa, cumpleaños suspendidos, familias condenadas a buscar donde el Estado dejó de hacerlo.
Ese mismo día en que miles cantaban "Cielito Lindo", otras mujeres levantaban carteles con nombres y fechas. Dos formas de ocupar el espacio público. Dos formas de amar a México. Una celebra lo que ocurre en una cancha. La otra intenta que el país no olvide lo que ocurre bajo la tierra.
Pero la fiesta siempre hace más ruido.
También hace más audiencia.
Más clics.
Más rating.
Más negocio.
Durante semanas, la conversación pública cambió de tema. La CNTE dejó de ocupar las portadas. Las discusiones sobre salud, educación, inseguridad o crecimiento económico cedieron espacio a las alineaciones, los pronósticos y las probabilidades de llegar al quinto partido. No porque esos problemas hayan desaparecido, sino porque el balón tiene una virtud que la política nunca ha conseguido: monopolizar la atención de un país entero.
Y cuando la atención cambia de dirección, también cambia la memoria.
Celebramos como si un gol pudiera reducir la pobreza.
Como si una clasificación pudiera aliviar la violencia.
Como si una victoria alcanzara para cerrar las heridas de un país donde asesinan periodistas, reclutan jóvenes para el crimen organizado, miles de personas sobreviven en la informalidad y cientos de familias siguen excavando con sus propias manos porque las instituciones llegaron tarde... o nunca llegaron.
El futbol no resuelve nada.
Pero distrae de casi todo.
Eso explica por qué cada cuatro años creemos que el país es otro.
No lo es.
México sigue ocupando lugares alarmantes en desapariciones, homicidios y desigualdad. Millones de personas viven con ingresos insuficientes para cubrir sus necesidades básicas. La violencia obliga a comunidades enteras a modificar su vida cotidiana. Los hospitales siguen enfrentando carencias. Las escuelas continúan acumulando rezagos. Nada de eso desapareció porque la Selección ganó tres partidos consecutivos.
La euforia, además, suele cobrarnos factura.
En Chihuahua, un conductor atropelló a aficionados que festejaban un triunfo mundialista y dejó seis personas lesionadas. En Cabo San Lucas, otra celebración terminó con al menos 17 heridos tras un hecho similar. Cada Mundial aparecen vehículos destrozados, comercios vandalizados, peleas, intoxicaciones y familias que terminan una noche de alegría en la sala de urgencias.
Ni siquiera sabemos celebrar sin producir víctimas.
Y, aun así, repetimos el ritual.
No porque el futbol sea el enemigo.
Todo lo contrario.
El futbol es una de las pocas alegrías compartidas que todavía conserva este país.
El verdadero problema aparece cuando esa alegría se convierte en refugio permanente.
Cuando preferimos discutir un cambio de delantero antes que exigir resultados a quienes administran el presupuesto público.
Cuando conocemos de memoria la tabla del Mundial, pero ignoramos cuántos desaparecidos se sumaron esta semana.
Cuando un gol nos conmueve más que una fosa clandestina.
Quizá sea injusto pedirle al futbol que cargue con el peso de un país roto.
Los jugadores hacen lo único que les corresponde: competir.
Los que hemos renunciado a competir contra la indiferencia somos nosotros.
Porque el Mundial terminará.
Las banderas volverán al clóset.
Las calles quedarán vacías.
Los comentaristas cambiarán de tema.
Y entonces México despertará de la fiesta.
Las madres seguirán buscando.
Los hospitales seguirán esperando.
Los maestros volverán a protestar.
La violencia continuará cobrando vidas.
Los desaparecidos seguirán sin regresar.
Y nosotros volveremos a descubrir una verdad tan incómoda como inevitable.
Que el marcador sí cambió.
Pero el país, no.
