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La moneda

Foto(s): Cortesía
Redacción

¡Tras! Sonó una moneda en la mesita de noche y enseguida se escuchó el sonido del metal girando sobre su eje. Como si estuviera soñando, Telmo tomó la mano fría de su esposa Misoljá, se dio media vuelta en su cama y cayó otra vez en ese pozo negro. El ruido metálico le recordó una cascada de suspiros que iban a acunarse en una poza, donde las personas intentaban sacudirse el calor para que sus cuerpos no se deshicieran como un pedazo de hielo. Mientras tanto, Telmo se encontraba sentado sobre una piedra blanca, como si estuviera empollando un huevo. Sus ojos vieron que del agua germinaba una muchacha morena, con dos jades imperiales como ojos; un traje de baño azul de dos piezas apenas cubría el cuerpo acafeinado.


La mesa, siendo acariciada por la moneda, le hizo recordar el roce de sus cuerpos que durante quince días se trenzaron para tocar el cielo con las puntas de sus dedos. Cómo olvidar, que después de su primer encuentro en la poza se hicieron novios, casándose seis meses después y como aves que van en busca de un nuevo nido, se fueron a un lugar solitario donde fueron arropados por el mar de aguas azules, donde la arena blanca de la playa parecía tener una capa de polvo con olor a felicidad. Tiempo después Misoljá se embarazó, sin embargo, nunca pudieron adivinar el acecho siniestro de la enfermedad que terminó mordiendo a la joven madre.



Otra vez la moneda girando, ese ruido maldito arañando a la madera. Misoljá gritando a mitad de la noche:


-¿Porqué a mí?, ¿porqué? ¡No quiero morir!


Con sus manos de látex, cubrebocas y mascarilla, Telmo apenas rozaba los dedos de la mano a su esposa, pues temía contagiarse si se acercaba demasiado. Hubo promesas y más promesas de que haría todo lo que estuviera en sus manos para salvarla. Telmo buscó médicos, buscó camas en los hospitales, buscó el oxígeno de la vida, buscó un milagro y finalmente se acercó a Dios y suplicante le pidió su ayuda.


La moneda seguía dando vueltas. El zumbido siniestro se metía a lo más profundo de su cabeza recostada sobre la almohada. Ese sonido chocante del metal contra la madera, le hizo recordar aquel ruido de agonía del respirador artificial que le prestaba un poco de vida a Misoljá, pues el aire se negaba a entrar en sus pulmones, como si tuviera miedo de contagiarse con aquel virus nunca antes visto. Tiempo después, acompañado de un ramo de flores, Telmo arrastraba sus pasos hacia un gran jardín de cruces y de cuerpos olvidados, pero en ese lugar hasta el silencio se encontraba muerto.


En el primer aniversario del fallecimiento de la chica con ojos como jades imperiales, la rotación de la moneda continuaba y él solo presionó la mano fría de Misoljá. Su cuerpo fue perdiendo fuerza, al mismo tiempo que los giros de la moneda se hicieron cada vez más lentos y pesados. Él se acurrucó al cuerpo de su esposa y la estrechó entre sus brazos, extendió su mano para acariciar su rostro, pero los dedos de Telmo ya estaban fríos y muertos.

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