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Bixhate y palo de chile

Foto(s): Cortesía
Redacción

La cazuela de barro humea. Dentro del caldo trasparente navegan los bixhates, tienen un color verde fuerte, profundo. Mi mamá adereza su plato con una cucharada de salsa de chile taviche. 


-Esto comíamos siempre, toda la gente de aquí del pueblo los acostumbraba. No sé si a los muchachos de ahora les gustan. Cuando era niña, a mí no me gustaban, mi papá me daba un pedazo de tasajo si los comía- cuenta mi madre al tiempo que lleva otra cucharada a su boca. 


Para comerlos así, solo se enjuagan, se pasan dos minutos en agua hirviendo con ajo, cebolla y sal. La otra forma, es saltearlos con cebolla y ajo en un poco de manteca, o aceite. De las dos maneras son sabrosos.


-¡Pruébalos, están buenos!- continúa mi mamá. -Además, deben tener muchas vitaminas y más cosas nutritivas, aquí en el pueblo la gente no se enfermaba, ya ves tus abuelitos, casi llegaron a los cien años y no se enfermaron nunca.


El bixhate (desconozco la forma correcta de escribir su nombre, me guío por el sonido) es una humilde herbácea que da unas pequeñas flores blancas con centro amarillo, muy bonitas. Existen dos variedades, una de tallos oscuros que es amarga, la otra de tallos muy verdes no amarga, ambas son comestibles; los paladares más fuertes, prefieren los amargos, cuestión de gustos, yo prefiero los de tallo verde. Crece donde le apetece, como cualquier herbácea de esta zona; cuando le tomé fotos por sus pequeñas y bonitas flores, no imaginé que se tratara de aquella planta que siempre escuché mencionar a mi mamá.


-En el pueblo no había gente gorda, todos comíamos mucho bixhate. Creo que por eso nos criamos tan sanos-, afirma.


A los familiares les pedía, que cuando fueran  a la ciudad, le llevaran un gran manojo de bixhates, siempre la complacían. En la casa, solo ella y mi papá los comían.


-No saben lo que es bueno- nos decía a mis hermanos y a mí, pero nunca nos obligó a comerlos.


El palo de chile se cuece aparte. Es un bejuco grueso, en ambientes propicios puede elevarse más de diez metros, tan alto como los árboles cercanos a él que, generosos, le prestan sus ramas para que sus puntas se enreden en ellas. Es muy resistente y hace la delicia de niños y aún de los jóvenes, que gozan trepando por él para columpiarse como tarzanes.  


Las varas se cortan en pedazos de aproximadamente 15 centímetros, que se cuecen en agua pura con ajo,  cebolla y sal, o entre la olla de frijoles, lo que adiciona el sabor de estos. La cocción lo suaviza para poder comerlo. Una vez preparado, se despega la corteza, se desprende la capa pegada en su interior, es de un color verde pálido y eso es lo que se come. Aquí en el pueblo acompaña cualquier comida, puede ser sustituto del chile, ya que su gusto es picante y exótico al mismo tiempo. Al comerlo provoca en principio un hormigueo y después un leve adormecimiento en los labios y lengua. Yo aún no logro disfrutarlo completamente, mi madre, ¡ella sí que lo come con deleite! Le pregunto si no le causa hormigueo en su boca; “poquito” me contesta. Bixhate y palo de chile son parte de la tradición cultural de la Sierra Sur.

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