Colectivo Cuenteros| El vigía (primera de dos partes)
Sostenía con mi cuello la bocina en espera de una respuesta al otro lado de la línea. Mis dedos golpeaban con rítmica ansiedad el escritorio. Busqué un bolígrafo y un trozo de papel para garabatear, pero en un impulso, terminé dibujando un ojo en la yema del dedo índice. Un pequeño óvalo y un círculo relleno al interior. No fue la figura lo que me causó sorpresa, sino los recuerdos que liberó, como una hebra de tinta que al derramarse en mi memoria iba dejando rezagos de una experiencia que, pensé, había olvidado.