Por: Isabel Guzmán Ruiz
Ir a casa de la abuela no es solo visitarla, es un regreso a mi origen, una búsqueda necesaria de sabiduría en su propia existencia. En su patio, hay un árbol con más de cincuenta años de antigüedad que ha sido testigo del pasar del tiempo, del crecimiento e independencia de las hijas e hijos, de la llegada de los nietos y bisnietos, de la muerte de unos y el nacimiento de otros; también ha sido el hogar de diversas aves, ardillas y otras especies. Ese pirul que habita su casa no es sólo un tronco, ramas y hojas; es un tótem, un contenedor de mi historia y la fuerza de mis raíces.
Al lado de la vida de mi abuela, los baches que hoy me acomplejan se vuelven diminutos, casi anecdóticos. Ella es la prueba viviente de que, tras sobrevivir a crisis, duelos y cambios, la vida siempre prevalece. Ante su presencia, mis capítulos amargos pierden peso; es por eso por lo que me gusta llegar a escuchar su voz, su risa, sus historias, cada una de sus palabras y a recordar a mi abuelo, mi infancia y las enseñanzas que conservo de estas dos grandes personas que amo tanto.
El pirul es el sustituto simbólico de los brazos de mi abuelo: sólidos, honestos y productivos. Él trabajaba la madera y creaba realidades con sus manos bajo esta misma sombra como: bancos para sentarse que aun usamos, bates de béisbol que aun conservo, palos para hachas, sillas, etc.
Por eso, sentarme aquí es permitir que su memoria me protege mientras recupero mi centro,es habitar mi refugio más antiguo. Bajo la misma sombra de aquel árbol en el cual éltrabajaba arduamente una hamaca yacía esperando la hora de su descanso para reconfortarlo mientras el pelaba una naranja o cacahuates; verlo en calma entre los movimientos oscilatorios era un verdadero símbolo de tranquilidad, no sé si él se sentía más relajado entre el vaivén o yo, al verlo. Escuchar el crujir de la cascara de los cacahuates era la música complementaria de las aves y el viento rozando las hojas; elaroma a naranja mezclados con el de pirul era un abrazo que sigue abarcando todos mis sentidos.
Es aquí donde me puedo permitir llegar a esa clase de felicidad que no requiere de arquitecturas complejas, sino de la sencillez de lo básico: ver el sol filtrándose entre las ramas en el eco del atardecer.
"Abuelo, hoy vengo a que me prestes tu fuerza, porque la mía se siente disminuida".
Esta colaboración es parte de Lecturas para la vida.
