El fin de semana pasado me encontraba navegando en la inmensidad del catálogo de Netflix, cuando una imagen llamó mi atención. Se trataba de la portada en la que aparecía un peinado afro y una sonrisa características de un pintor de las últimas décadas del siglo pasado, llamado Bob Ross (1942 – 1994). Inmediatamente vinieron recuerdos de su programa en televisión: la eterna sonrisa del pintor, sus montañas, paisajes, la excelente traducción de Eugenio Castillo (¡gracias!) en la cual se alcanzaba a escuchar la suave voz original, además del recuerdo de alguien capaz de hacer una pintura en solo media hora. Entusiasmado por los recuerdos, preparé mis palomitas e inicié el documental.
En los primeros minutos del filme, Steve Ross (hijo de Bob) da información trascendental que ayuda a comprender el trasfondo de lo que verás en el documental de vida de su padre. Varias de las personas que se entrevistaron para participar en el documental, decidieron retractar su decisión por el temor a sufrir alguna represalia legal. En esos momentos, se puede notar la molestia en el rostro de Steve. Mientras se encuentra parado en un jardín, habla hacia la cámara comentando que a pesar de la negación de los entrevistados, él seguirá delante. Recién iniciado el film, nos enteramos que el nombre del pintor de "Árboles felices" está impregnado por un aura que hace a las personas retractarse de sus declaraciones. Intrigado, seguí comiendo palomitas mientras el documental avanzaba.
Después de las primeras fuertes declaraciones de Steve, comienza la parte biográfica del documental. Robert Norman Ross nació en Daytona Beach, Florida, el 29 de octubre de 1942. Siguiendo la larga tradición militar de su nación, se enroló en el ejército al cumplir los 18 años. Fue enviado a Alaska, en donde entró en contacto con la naturaleza, lo cual sería trascendental para su trabajo. Ahí pudo contemplar los atardeceres y paisajes de montañas nevadas que tanto se verían después es las más de 30 mil pinturas que realizó, tanto en los programas en televisión (más de 400 episodios), como en los tantos seminarios que dio en el territorio norteamericano.
A pesar que existían diversos programas televisivos de pintura, sin duda alguna, Ross era el más conocido en su país, y poco a poco, se convirtió en uno de los más reconocidos a nivel mundial, en una época en donde el tiempo y las distancias comenzaban a reducirse. Eran los 80, la avaricia desmedida y la explosión de la mercadotecnia se encontraron con el espíritu del artista. Su productora (y amiga en aquel entonces) vio en él un objeto mercantizable, convirtiéndose en su principal promotora, comenzando un proceso de despojo artístico y de marca, con repercusiones para la vida de toda la familia Ross. La naturaleza noble del artista le cegó la realidad que estaba ante sus ojos.
Forzado a pintar a un ritmo intenso (hasta tres pinturas por día para el show más seminarios), el programa “El placer de pintar con Bob Ross” transmitió 31 temporadas, y mientras en el mercado comenzaban a aparecer diversos productos para artistas, como brochas, pinturas, caballetes, lienzos, etcétera, oficiales del programa, el artista aprovechaba su espacio al aire para compartir con su público algunos pasajes de su vida personal, introduciendo a su hijo Steve a los televidentes, además de dar a conocer el fallecimiento de su esposa y la terrible situación de salud que le afectó y que terminó por llevarle a la tumba. Tenía 52 años cuando murió.
El documental continúa contando la situación post mortem de los trabajos y nombre del artista. Supongo ya todos ustedes saben por dónde se dirige el asunto. En el (vulgar) negocio del arte, genera más dinero una marca que una vida de trabajo artístico, aunque sin el segundo es imposible exista el primero. Hasta aquí les comento, porque si digo más, quizá me demanden. El documental lo pueden encontrar en la plataforma de video en línea.
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