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Católico instruido, no será confundido. ¡Gracias Mamita María!

Una imagen devocional de la Santísima Virgen María, madre de Jesucristo, figura central de la fe para la comunidad católica.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Lubia Esperanza Amador

Gracias Madre Santísima, porque dijiste "sí" a ser Madre de Jesús (Lc 1, 38), cooperando de manera única con el designio amoroso del Padre, constituyéndote Aurora de la plenitud de los tiempos. Gracias porque no objetaste que ser madre tan joven podría interrumpir tu proyecto de vida; gracias por tu valentía, aun cuando te exponías al repudio de tu futuro esposo, San José (Mt 1, 19), y ello habría podido acarrearte la pena de lapidación (Jn 8, 5).       

Gracias por tu actitud de servicio, sin demora, en la Visitación a tu prima Santa Isabel, que se convirtió en la visita de Dios a su pueblo (Lc 1, 39-56; 68).

Gracias Madre María, porque hiciste de un humilde pesebre la dignísima cuna de nuestro Salvador (Lc 2, 7); y para protegerlo no te importó vivir en el destierro (Mt 2, 14-15).

Gracias por tu fortaleza ante las profecías de Simeón: "una espada te atravesará el alma" (Lc 2, 35). Gracias por tu presurosa búsqueda cuando Jesús se quedó en el Templo de Jerusalén; por aceptar, aún sin entender, que también debía estar donde su Padre, y por guardar todas estas cosas en tu corazón (Lc 2, 41-51). Gracias por hacer que, bajo tus cuidados, "el Niño creciera en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52). 

Gracias porque fue por intercesión tuya que Jesús realizó su primer milagro en las Bodas de Caná, a pesar de que aún no había llegado su hora (Jn 2, 1-12); y sigues prolongando esa maternal intercesión por todos tus hijos, de todas las generaciones, a quienes nos haces la misma invitación: "Hagan lo que Él les diga" (Jn 2, 5).

Gracias por tu fortaleza al pie de la Cruz de tu Hijo, por habernos recibido como hijos tuyos, junto a San Juan, y por venirte, desde entonces, a vivir a nuestra casa (Jn 19, 25-27), al altar de nuestro corazón. Gracias porque "en la peregrinación de la fe participaste en el sufrimiento de tu Hijo y en la noche de su sepulcro" (San Juan Pablo II), preservando viva la llama de la esperanza en la Gloriosa Resurrección de tu Hijo, segura de que para Dios nada es imposible (Lc 1, 37).

Gracias, porque después de la Ascensión de tu Hijo estuviste presente en los comienzos de la Iglesia con tus oraciones (LG 69); porque reunida con los apóstoles y algunas mujeres (Hch 1, 14), pedías con tus oraciones el don del Espíritu Santo, que desde la Anunciación te había cubierto con tu sombra (Lc 1, 35; LG 59). 

Gracias, inmaculada Madre de Dios, porque "al término del curso de tu vida en la Tierra, habiendo sido preservada incluso de la mancha del pecado original, fuiste asunta en cuerpo y alma a la Gloria del Cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo" (LG 59; y Pío XII, Const. apo. Munificentissimus Deus). Gracias, porque tu Asunción a los Cielos constituye una participación singular en la Resurrección de tu Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos.

Tenías razón: "Todas las generaciones te llamaremos ¡Bienaventurada!" (Lc 1, 48), porque mereciste llevar en tu seno virginal y diste a luz al Hijo, al que "Dios constituyó el Primogénito entre muchos hermanos" (Rm 8, 29). Y ciertamente, como se lo dijiste a San Juan Diego en el Tepeyac, nada puede turbar nuestro corazón, sabiendo que Tú estás aquí, que eres nuestra Madre, nuestra salud; y que estamos por ventura bajo tu regazo, en el cruce de tus brazos; ¿qué más podemos necesitar?

Y por eso te pedimos: Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios y Madre Nuestra, para que las madres imitemos tus virtudes, los cristianos imitemos tu fe y todos tus hijos seamos dignos de alcanzar las promesas nuestro Señor Jesucristo. ¡Amén! 

¡Feliz día de las madres!, ¡Dios les bendiga! Y, si me lo permites, una felicitación especial a mi Madre Santísima del Cielo; así como a mi mamita Luby, y a mi mamá Martha aquí en la Tierra. 

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