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Foto(s): Cortesía

Lecturas para la vida: Viernes de noche

Redacción

Antia Alfonso

Laure empaca sus cosas. Es la última vez que dormirá sola, pues al otro día planea mudarse con su novio de años. Con el objetivo de evadirse de sus pensamientos durante un rato, prepara una salida con sus amigos, pero un paro de los servicios de transporte público provoca un atasco en el tráfico de la ciudad, atrapando a la joven en su auto sin muchas posibilidades de llegar a tiempo. De pronto, entre la gente que va a pie, mira a un hombre con chamarra de cuero que la deslumbra, capaz de cambiar tal vez no su vida, pero al menos sí su noche. Se llama Jean, y desde el momento en el que se sube al vehículo la atracción entre él y Laure queda en evidencia.

Claire Denis (1946) es una cineasta francesa. Tras graduarse de la carrera, trabajó como asistente de grandes figuras del medio, como Jacques Rivette, Costa-Gavras, Jim Jarmusch y Wim Wenders. Sin embargo, desde su debut en 1988 con Chocolat, ha demostrado que tiene un estilo propio de realización, que conjuga elementos clásicos del cine galo con la necesidad de exhibir la dura cara de la Francia contemporánea.

En su película "Viernes Noche" (Vendredi Soir) del 2002, aborda la velada de una pareja improbable que se conoce en medio del caos citadino. Sin muchos diálogos, la directora crea un lenguaje de miradas y gestos entre sus protagonistas, mismo que desarrolla una tensión tan clara y creciente que tarde o temprano debe encontrar la forma de estallar.

No podría decirse que Laure y Jean tienen demasiadas cosas en común, o que no las tienen en absoluto. La interacción entre ambos se aproxima más a lo instintivo que a la intelectualidad. Ninguno de los dos posee una belleza totalmente normativa, lo cual brinda a la cinta la credibilidad de lo cotidiano. La ejecución tan sutil como sensual de Denis sobre un guion aparentemente muy sencillo, junto a un bello soundtrack y la innegable química entre Valérie Lemercier y Vincent Lindon, logran como resultado un filme cautivador. Una oda a la pasión despreocupada y al amor más efímero, aspectos propios del agitado ritmo de la vida moderna.

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"Sin muchos diálogos, la directora crea un lenguaje de miradas y gestos entre sus protagonistas, mismo que desarrolla una tensión tan clara y creciente que tarde o temprano debe encontrar la forma de estallar".