Florita, la niña que un día apareció en el camino que va al río | NVI Noticias Pasar al contenido principal
x
niña
Foto(s): Cortesía

Florita, la niña que un día apareció en el camino que va al río

Redacción

Nieves, que caminaba por ahí porque le gustaba ir por las mañanas al río, de pronto la vio sentadita en el suelo jugando con unas piedras. Sorprendida le preguntó: 

─¿Cómo te llamas?, ¿qué haces aquí solita?.

La niña no contestó, solamente se puso a llorar y corrió a abrazarla. Ella se dio cuenta de que uno de sus bracitos le colgaba. Traía un vestido de flores, calzaba huarachitos y estaba muy bien peinada.

─¿Qué hago?, ¿la dejo aquí o la llevo a mi casa? ─ pensó la mujer. ─No. Me regreso.

Voy con ella al municipio a notificar que la encontré aquí. Cuando llegó a presentarla tocaron las campanas para una reunión urgente. Los ciudadanos ya saben que cuando tocan, hay un asunto importante que resolver. Así se acordó que la niña se quedara en el pueblo. Que las familias que quisieran darle lo que necesitara se fueran anotando y también definieran cuántos días iba a estar en cada casa. Así transcurrió el tiempo, días, meses y años. Cuando Florita apareció tenía entre 6 y 8 años de edad, cuando ya era toda una señorita, había recorrido todos los hogares de San Pedro Yucunama, por supuesto, el de mi familia, también.

Florita pronto mostró cualidades muy valiosas como el orden y la limpieza, además del respeto hacia todos, fueran señores, señoras o niños. Todos le llamaban cariñosamente Florita la Manca y ella sonreía, no se enojaba. A pesar de su limitación, era muy rápida y entusiasta para aprender lo que se le enseñaba. Así, en las casas donde había estado, le recompensaban con algo de dinero cuando se iba otra. Al cumplir diez años de vivir en el pueblo, las autoridades consideraron que Florita ya era ciudadana de ahí y decidieron donarle una pequeña porción de terreno en la que ella, con lo que había guardado, hizo la vivienda, donde a partir de ese momento, viviría sola.

Una vez que tuvo su propiedad empezó a comprar aves de corral gallinas, pollitos, guajolotes y también un precioso borrego muy blanco. Un día corriendo para alcanzarlo se cayó, lesionándose la pierna. Estuvo varios días en cama, todos se preocuparon por ella, así que durante ese tiempo no le faltó la comida y tampoco a sus animalitos. De su curación se hizo cargo Manuelita. Le aplicó pencas de maguey asadas y también aceite, así Florita se recuperó para continuar trabajando en las casas.

Pasaron los años y cuando ella contaba con sus treinta y tantos, un señor viudo, llamado Cirilo -quién tenía dos hijos, Humberto y Felipa- se casó con ella. La vida le cambio a quién ahora ya formaba parte de una familia con dos niños, a los que quiere como si fueran sus propios hijos. Con ellos vive contenta, aunque el trabajo ha aumentado, tiene una familia que atender, además de su propia casa donde están sus plantas y animales.

Humberto tiene 12 años y Felipa 9, así que ellos la ayudan. Cirilo, su esposo, es campesino y se la pasa en sus terrenos todos los días, menos domingo.

Todo va muy bien, pero un día, un toro le da a Cirilo una cornada en el estómago. Como pueden, lo llevan con el médico de Yolomécatl. Ahí se queda varios días, pero no se puede recuperar y fallece. Así es que ahora Florita es viuda, con dos niños a su cargo, a los que tiene que alimentar, y además, educar.

 

“Ella, a pesar de su limitación, era muy rápida y entusiasta para aprender lo que se le enseñaba”.