Inara Farrera Cruz
Hola, soy Julieta. Hace 3 años conocí a Pedro, uno de los chicos más guapos de la facultad de odontología. Me apenaba acercarme a él, sobre todo cuando nos sentábamos juntos en el salón de clases.
Hace unos meses comenzamos a hablar; nos dimos cuenta de que teníamos muchas cosas en común, nos gusta el rock en español, escuchamos el mismo podcast de asesinos seriales, vemos la misma serie todos los viernes por la noche y por si fuera poco ¡estudiamos la misma carrera!
“¡Somos tan compatibles!” comentaba con mis amigas, quienes por cierto, no veían atractivo a Pedro, sólo me advertían que no me ilusionara. Un día, Pedro me invitó al cine, la pasamos increíble y para mi sorpresa ¡Me pidió ser su novia!, ¿Cómo tener los pies en la tierra después de semejante momento?
Me sentía en las nubes siendo la novia de Pedro, lamentablemente no teníamos citas con tanta frecuencia ya que trabajaba con su padre en una carpintería después de la escuela.
Todo iba “mejor que bien” hasta que fue mi cumpleaños y Pedro ni siquiera lo recordó. Me sentí muy triste, ya que en el cumpleaños de él le preparé una fiesta sorpresa en el salón, con su pastel favorito (mismo que yo había horneado) y le obsequié un reloj que había querido desde hace un tiempo.
A pesar de que él tenía moto, cuando salíamos juntos no podía llevarme o acercarme a mi casa incluso en las noches, siempre fui la que iba a donde él estuviera, eso sí, siempre y cuando él tuviera tiempo libre. Pedro no tenía muestras de cariño dentro de la escuela, justificándolo con que “Tenía que ser un ejemplo” para su hermano menor que también estudiaba en la facultad, nunca visitamos lugares que me hacía ilusión de ir con él, en cambio, en esos momentos pasábamos la mayor parte del tiempo en su casa.
Una tarde después de que mis amigas me volvieron a comentar que era una “migajera” pude recordar cómo era Pedro desde que lo conocí, y cuando iniciamos la relación siempre recibí migajas de amor.
