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Lecturas para la vida | Las cartas que no existen: Primo Levi

Lecturas para la vida
Foto(s): Cortesía
Redacción

Mónica Ortiz Sampablo

 

Ultima de dos partes

 

Una de las pesadillas que enfrentaban los sobrevivientes de estos campos era que al salir y relatar aquella brutalidad vivida nadie les creyera; los soldados nazis decían constantemente entre burlas que nadie saldría vivo de aquel lugar, pero que en caso de que así fuera, nadie creería en sus testimonios.

La primera edición de "Si esto es un hombre" tuvo pocos lectores; diez años más tarde fue reeditado y en 1959 sucedió algo fuera de lo previsto; un editor alemán, Fischer Bücherei, compró los derechos para hacer la traducción –esto lo cuenta Levi en el último capítulo de "Los hundidos y los salvados"–; ahí explica aquello que sintió al pensar que un libro que escribió para sus compatriotas, en un primer momento, ahora estaría al alcance de los alemanes; habían pasado sólo quince años de Auschwitz, lo leerían los verdugos, o los que fueron testigos indiferentes. Había llegado el momento de echar cuentas, de poner las cartas boca arriba, dijo Primo Levi.

 

Inicia una nutrida correspondencia, en un estire y afloje de acuerdos; Levi al principio desconfiaba, ya que es bien sabido que toda traducción no es fiel a pie juntillas; el lenguaje tiene sus recovecos, y aunque el traductor se sinceró totalmente con Primo al decir que se sentía más partisano que nazi y que aborrecía todo cuanto hicieron los alemanes, no tenía idea de los horrores vividos en el Lager. Primo recalca que “Él, hombre de letras y de una educación refinada, conocía el alemán de los cuarteles (porque había tenido que hacer unos meses de servicio militar), pero ignoraba forzosamente la jerga degradada, con frecuencia satánicamente irónica”.

Una vez terminada la traducción, sólo hacía falta el prólogo; Levi decidió incluir la carta que en agradecimiento había enviado a su traductor; he aquí un fragmento:

“Usted se habrá dado cuenta, con toda seguridad, de que el Lager ha sido para mí un suceso importante que me ha modificado profundamente, me ha otorgado la madurez y una razón para vivir. Es posible que sea presunción, pero he aquí que hoy, yo, el prisionero número 174 517[…] Sin embargo, no puedo decir que entienda a los alemanes: y algo que no puede entenderse resulta un vacío doloroso, una punzada, un aguijón permanente que pide ser satisfecho. Espero que este libro tenga algún eco en Alemania: no sólo por ambición, sino también porque la naturaleza de ese eco tal vez me permita comprender mejor a los alemanes, tranquilizar el aguijón”.

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