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Foto(s): Cortesía

Fórmula invertida

Redacción

Mónica Ortiz Sampablo

Segunda de tres partes

-Me llamo Ernesto; anda, ahora ya no soy un extraño.

­−Y yo soy Rebeca.

−Lindo nombre− dijo Ernesto, mientras la atraía hacia él con un movimiento suave y le secaba el rostro.

Ella era una estudiante de fuera, como tantas en esta ciudad, que sin pensar ni querer, había caído en una relación con un tipo que la maltrataba y aquella tarde de lluvia la había bajado de su auto en un arranque de celos.

Platicaban a la luz de una vela. Ernesto tenía muchas de diferentes aromas y tamaños en un estante; además, en su sala se erguía un gran librero con literatura variada, muchos libros de poesía de diferentes épocas; algunos tenían a manera de separadores, papelitos de colores en ciertas páginas, también había una cava y un ambiente propicio para el amor. Mientras ella calentaba el cuerpo con un sorbo de vino, él tomó un libro y justo abrió la página en el separador de color rojo.

“El amor viene lento como la tierra negra,

como luz de doncella como el aire del trigo,

se parece a la lluvia lavando viejos árboles,

resucitando pájaros”.

−Qué belleza, nunca antes lo había escuchado– dijo conmovida.

No leyó más. Así pasaron varios días.

La historia vio su fin cuando ella se dio cuenta de que quien la salvó aquella tarde de tormenta era el equivalente al mismo hombre que la había bajado del auto, sólo que éste era un poco más cruel, pues ya nunca olvidaría aquel poema que resonaba en su cabeza, ni tampoco el olor a sándalo que se le quedó impregnado en la piel de por vida; se fue y jamás volvieron a encontrarse.

Después de ese último encuentro, Ernesto pensó que haber leído precisamente ese poema de Efraín Huerta había sido un error, sentía su casa vacía y no soportaba en ella la ausencia de una mujer.

Y esa noche se fue de carnaval.

Continuará el próximo miércoles

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