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Foto(s): Cortesía

Denarios: El cumpleaños de Jeremías

Giovanna Martínez

Filiberto Santiago Rodríguez

El anciano Jeremías se levantó lentamente de su cama. Sus manos temblorosas tomaron el despertador que descansaba sobre la mesita de noche. Miró las manecillas. Estas marcaban las ocho de la mañana.

-¡Malditos sean los del Club de Tobi!- dijo estrellando el reloj contra el suelo. El ruido de pedazos de metal y de vidrio volando en todas direcciones se perdió como un quejido en el silencio.

Nunca estuvo seguro de querer pertenecer a ese grupo de amigos jubilados, sobre todo por la absurda cláusula de no admitir a mujeres. Jeremías había quedado viudo hacía apenas cinco años atrás y añoraba la plática de una mujer, sentir su olor, sentirse acariciado en un saludo discreto. “¡Aaah! si yo fuera el presidente, lo primero que haría, sería cambiarle el nombre y lo llamaría “El club de Tobi y las pequeñas Lulús”, pensaba. 

El anciano celebraba sus ochenta años. Había pensado en tener una fiesta como la del Sabio Triste llamando a Rosa Cabarcas para tener un regalo especial, pero, en su lugar, solo había silencio por parte de los que consideraba sus amigos.

-Me importa poco que vengan o no vengan, me celebraré yo solo- dijo, dirigiéndose a la cocina.

Hurgó en el fregadero colmado de trastes sucios. Lavó una olla que tenía el cochambre pegado al cuerpo de acero inoxidable y puso a hervir un poco de leche para preparar su chocolate de cumpleaños. 

Fue a la alacena donde encontró un trozo de pan duro que no recordaba haber guardado y lo colocó en un plato que había sobre la mesa del comedor.

Regresó a ver si ya estaba lista la bebida, sus labios se abrieron de asombro al ver que la olla estaba otra vez llena de cochambre. Ya no hizo caso de nada y llenó su taza con el contenido y al probarla le llegó el aroma del café.

-Ring- sonó el timbre y Jeremías fue a abrir de mala gana.

-¡Feliz cumpleaños, amigo!- le dijo un compañero del Club y dándole un abrazo, le entregó un pastel de chocolate, que más bien parecía hecho de tierra oscura, como los que hacen los niños al jugar.

Poco a poco fueron llegando sus amigos y Jeremías se sentía feliz al recibir toda clase de regalos. Un hombre de labios gruesos le entregó un trompo; Carmelo, un viejo lleno de arrugas, le obsequió bolsas de dulces; su mejor amigo “El Gordi”, que pesaba no menos de 90 kilos, le dio una caja con una lagartija oscura y nerviosa. Cuando llegó el presidente del Club se hizo el silencio. Lo acompañaba una mujer joven.

-¿Una mujer? ¡Qué hace aquí una mujer, rompiendo “el más sagrado principio” del Club de Tobi!?- se preguntaba asombrado Jeremías.

El presidente de acercó al cumpleañero y le dijo: -Por tus ochenta años vamos a hacerte dos presentes: a partir de hoy el club ya no es solo de Tobi, también es de las Lulús. Además, la primera Lulú te la envía Rosa Cabarcas- en ese momento se escucharon las mañanitas entonadas por Cri-Cri, mientras Topo Gigio hacía la segunda voz.

Jeremías sintió los labios de la primera Lulú sobre su boca, saboreó ese beso que no era cálido ni dulce, sino frío y baboso. Se limpió con la mano y un ratón corrió a esconderse entre los trastes cochambrosos de esa sucia cocina.