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Foto(s): Cortesía

Consideraciones para tomar en cuenta

Redacción

Alejandro José Ortiz Sampablo

Cuarta de cinco partes

El final del siglo pasado coincidió con el final de una época, marcada por un tipo particular de padres. Padres que, como hijos, les tocó vivir el autoritarismo -en muchos casos excesivo- de parte de sus progenitores. Cuando menciono que una época está marcada por el tipo de padres, me refiero a que el destino de la sociedad -en términos educativos, de valores morales, de lazo social, delincuencia, toxicomanías y de cualquier otro fenómeno social-, está determinado por el tipo de los nuevos padres, que a su vez está determinado por la ideología que se gestó en ellos cuando fueron hijos.

El destino: pasado, presente y futuro

En otras palabras, lo que vivimos hoy, no solo en fenómenos sociales, sino también en muchos de los que se conocen como trastornos o síndromes emocionales, se sembró hace poco más de 20 años, con los nuevos padres de inicio de siglo, o por quienes tenían en ese entonces hijos pequeños. Muchas veces es preferible convertirse en un creyente de aquello que, efectivamente sucede a nivel neuronal, pero que, las más de las veces, no es la causa eficiente de lo que nos acontece.

Describamos a ese tipo de padres de inicio de siglo, con el debido cuidado de no generalizar pues, aun cuando podemos pensar fueron una mayoría, no fueron la totalidad. Para esos padres, en su época de hijos, fue común escuchar, por parte de los adultos, frases como: “Vé a ver si ya puso la marrana”, en alusión a situaciones o pláticas de los mayores en las cuales no podían estar o escuchar. Expresiones como esta, eran tomadas por los hijos con relativa naturalidad pues entendían que “así eran las cosas”; otros más, lo experimentaron como una injusticia.

Entre la obligación y el amor

Otra de esas frases en el mismo tenor era “Te callas y ya”; o, ante cualquier intento de increpar el mandato de la madre o padre, el hijo se topaba con pared bajo un argumento inapelable: “porque soy tu madre, y punto”. Si a estas frases les ponemos contexto, las anécdotas cobran otra dimensión; por ejemplo: en alegatos con los hermanos, permisos para salir de paseo, antro o a jugar, dar un punto de vista, entre muchas más. Muchos padres convivieron con la idea de que lo primero eran las obligaciones antes que el placer o el juego. Para muchos, la injusticia implícita era evidente, pues para cuando terminaban con sus quehaceres, ya los amigos se encontraban de regreso en su casa y había caído la noche. Podemos mencionar que muchos padres de esa época ejercieron su función desde el autoritarismo y la crueldad que algunos vivieron de niños; pero no por ello dejaremos fuera que, efectivamente, hubo una preocupación por la formación de los hijos, y la ejercieron de tal manera que difícilmente el vástago se atrevía a replicar cualquiera de sus designios.

Hoy, difícilmente vemos los ejemplos mencionados, mientras que los hijos de ese entonces introyectaron el ideal de que había cosas a las cuales no podían acceder por su edad y condición de hija o hijo; para los hijos de esta época, ese ideal es impensable; comprobarlo no es cosa difícil, preguntémosle a un niño por qué los padres le dan vestido, techo y educación;, pocas veces responderán “porque mis padres me aman”.

Continuará el sábado…

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