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DENARIOS: Dos feos afortunados

sala-de-cine
Foto(s): Cortesía
Redacción

Brígida Sampablo Sánchez

Fortunato, un joven que se consideraba el más feo de todos, se decía a sí mismo:

─Siento como una burla llamarme así, Fortunato, si soy tan feo y raquítico. Mis brazos y mis piernas parecen palillos, soy chaparro y carezco de fuerza física. Entre tantos oficios lo único que sé, y puedo hacer, es lavar trastes. Así, he conseguido trabajo en este hotel.

Con estas reflexiones que se hacía, pensaba: “¿Quién me va a querer?”; pero, a pesar de todo, un día se le ocurrió abordar a una de las camareras, quien lo puso en su lugar:

─¿Acaso no te has mirado?, ¡eres tan feo! ¡Cómo se te ocurre!

Él se puso muy triste y se dijo:

─Lo único que debo hacer es trabajar en mi rincón, oliendo a comida.

A ese lugar, un día llegó a trabajar Idalia. Flaquita, de estatura pequeña, le faltaban dientes y tenía poco cabello, pero era inquieta y alegre. Todo el tiempo cantaba y no paraba de hablar, nunca le faltaba tema. Hablaba de todo: de las camareras, de los meseros y de los clientes. Pronto se hicieron amigos y él se atrevió a invitarla al cine. Ella aceptó enseguida.

En la oscuridad del cine, Idalia le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de él, que intentó soltarse, pero luego de clavarle la mirada, ella le dijo:

─Nada te va a pasar.

Cuando salieron del cine, el joven estaba sorprendido, más cuando Idalia le dijo que se había enamorado de él desde que lo conoció, para después preguntarle si quería ser su novio.

Fortunato le respondió, un poco aturdido:

─¿Acaso no ves lo feo que soy? Mira mi nariz chueca.

Ella contestó:

 ─A mí tu nariz, tus ojos y tu pequeño cuerpo me encantan, eres el hombre de mis sueños. Te eché el ojo desde que te vi y todo este tiempo me he ilusionado.

El muchacho no podía creer lo que escuchaba.

─Tienes todas las cualidades que he buscado en un hombre. Para mí eres perfecto- agregó Idalia.

Fortunato no salía de su asombro, creía estar soñando, pero Idalia, impaciente, lo tomó por los hombros y le dijo:

─Entonces, ¿qué? ¿Te animas a ser mi novio?

A lo que él respondió:

─¡Claro que sí!

Se abrazaron, se besaron y empezaron a caminar tomados de la mano.

Pasaron unos meses y se decidieron a vivir juntos, pero sin casarse, pues pensaban que un documento no les garantizaba la felicidad; tampoco pensaban tener familia, no querían que sus hijos sufrieran todo lo que ellos vivieron siendo feos. En el trabajo tenían que comportarse como compañeros para no ser despedidos. El tiempo que no trabajaban lo aprovechaban para pasear, ir al cine y bailar.

En cierta ocasión fueron al circo y estando sentados, notaron que una pareja se codeaba para luego reírse sin disimular siquiera. A Idalia eso la molestó mucho. Entonces le dijo a Fortunato:

─Reclámales. Mira cómo se burlan de nosotros.

Al principio Fortunato no hacía caso, pero ella insistió. Así que, al salir de la función, pasando por donde estaban los animales del circo, se adelantó para reclamarle al hombre, quien ya visto de pie era muy alto y fornido. Este, al escuchar el reclamo, levantó al muchacho como si fuera un niño y lo montó sobre un elefante, justo en el momento en que las personas salían de la función, quienes comenzaron a reírse. 

─¿Ves lo que hiciste?- reclamó Fortunato a su novia, una vez que, como pudo, bajó del elefante.

A lo que ella le contestó:

─No te quejes, te veías guapísimo, como para tomarte una foto.

Situaciones como esta les acontecían a menudo, pero ellos, al final del día, sabían que ser feos era una fortuna, pues feos no hay muchos. 

 

“Fortunato no salía de su asombro, creía estar soñando, pero Idalia, impaciente, lo tomó por los hombros”.

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