Por Isabel Guzmán Ruiz
Una vez concluida esta ola de ternura y amor hacia la madre o de la madre hacia los hijos, con motivo del mes de mayo, vengo a dejarles unas palabras que exploran la otra cara de la moneda, nacidas desde mi experiencia en la escucha de pacientes y también desde mi propio caminar como madre e hija.
En este andar, lo más paradójico es la demanda de respeto: la madre suele esperar un trato impecable y sumiso, pero ¿qué trato ofrece ella?
Mi palabra como hija y madre
En nuestro campo, estamos acostumbradas a no hablar desde nuestra cosmovisión, sin embargo, al hablar desde este lugar intentaré que ésta no se inmiscuya. Mi historia con mi hija no fue impecable. Cometí errores, tuve impulsos y puntos ciegos. Ni qué decir que, en mi juventud, incluso antes de transitar el camino del psicoanálisis, uno de mis conflictos era la relación con mi hija e hijo. Hoy se encuentra roto el ideal de amor de madre con el que pretendí y creí educar a mi pequeña y pequeño de la mejor manera. ¡Cuánta toma de conciencia me hizo falta! Por haber caminado ese sendero, hoy sé que no existe un hijo rebelde cuya rebeldía no haya sido provocada por la inconsistencia de quien lo cría. La rebeldía no es una enfermedad del joven; es un síntoma del entorno, eventualmente síntomas que las hijas e hijos absorben de la madre y del padre.
La trampa del amor total
El amor por lo general se convierte en una trampa cuando las o los hijos reaccionan con molestia ante ciertos mandatos, como la solicitud de realizar alguna actividad de la casa. Rápidamente, como madres, podemos tomar el papel de víctimas, frases para ello no nos faltan, como: "Yo lo doy todo y tú no me valoras". Nos llegamos a convencer de que nuestra única falta fue "amar demasiado". Bajo esa bandera, volcamos en ellas y ellos un odio que nos grita que los hijos son injustos, desobedientes y que actúan incluso con la intención de herirnos emocionalmente. Esto, en ocasiones, es más ostentoso entre madres e hijas. Seguramente, en el futuro, tendré la oportunidad de escribir las diferencias en el trato con una hija y con un hijo.
Una expresión que aprendí cuando inicié mi formación como psicoanalista, para no caer en la trampa del amor, fue la de “disposición amorosa”. Disposición que a madres y padres nos vendría bien al momento de educar y guiar a nuestros hijos, pues es habitual que en dicho ejercicio caigamos en una lucha de poder infantil antes de escucharlos. Aparecen los gritos, los golpes y las sentencias de hierro: "¡Aquí mando yo!", "¡lo haces porque soy tu madre, y punto!". Como padres y madres usamos el silencio como castigo para forzar la culpa, esperando que la hija se doblegue y pida perdón por no ser buena o, mejor dicho, por no ser la hija que idealizamos en nuestra fantasía incluso antes de la concepción y por ser un individuo con psique propia que choca con nuestra ilusión de tener una niña perfecta, obediente, bien portada, educada, acomedida, etc., lo cual tendría que darse de manera natural, sin esfuerzo o trabajo materno.
Continuará el miércoles…
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