Pasar al contenido principal

El precio de la formación psicoanalítica

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Isabel Guzmán Ruiz

 

Siempre me ha gustado escribir, siempre encontré en la pluma y tinta la manera perfecta de estafar a mi realidad, de engañarla construyendo mundos alucinantes, moldeando el tiempo a mi capricho y dándole a los días una simetría y una belleza que la crudeza de la realidad externa me negaba.

Mi mundo

Escribir poemas era mi trinchera, mi refugio, sin embargo, esa estafa siempre cobró un impuesto muy alto: el inevitable viaje de regreso. Cuando terminaba el texto y apartaba los ojos del papel, la realidad se volvía plana, imperfecta y desencantada. Me dolía la realidad porque mis palabras eran alucinantes y el mundo exterior no era así.

Hoy, al adentrarme de lleno en mi formación como psicoanalista, esa estructura ha sufrido un quiebre definitivo. He perdido la inocencia de la ignorancia, me doy cuenta, con lucidez de que al escribir de manera delirante no hacía otra cosa más que proyectar a través de las palabras mi propia disposición psíquica, mi mundo interno y mis defensas. La metáfora era el velo con el que amordazaba la verdad de mi propio inconsciente.

Por eso ahora me cuesta tanto trabajo escribir así y voltear atrás y ver a mi versión de poeta obsoleta. Mi mirada cambió para siempre, estoy en la faena de desarrollar un oído clínico que ya no tolera la mentira poética. Sé perfectamente que la realidad externa choca de frente con lo que mis palabras decían, y ya no puedo ver esos poemas del pasado con orgullo. No se los podría mostrar a las personas hoy en día, porque tengo claro que, si desnudara mi propia neurosis y mis proyecciones ante la muchedumbre, yo misma me estaría negando el lugar de psicoanalista.

La pérdida

Para sostener mi práctica en el INEIP, debo encarnar la ley de la abstinencia y la neutralidad. Debo ser un espejo limpio para el paciente, un piso firme y riguroso que opere con precisión de cirujano, sin delirios personales ni desvíos fantasiosos.

Este proceso de aterrizar en el hecho es doloroso para mí, se siente como una castración simbólica que me despoja de mi vieja omnipotencia literaria, pero entiendo que es el costo ético del crecimiento profesional. No estoy destruyendo mi sensibilidad, la estoy transformando en escucha. Dejo atrás la pluma de la poeta que distorsiona el mundo y asumo, con todo el respeto y honor el lugar de la analista que descifra y entiende lo que no está escrito y que muchas veces no es hablado a adrede para ayudar a mostrar la realidad al sujeto o decodificarla.

Este escrito nace desde mi comprensión de un seminario donde el psicoanalista y directordel INEIP, Alejandro Ortiz Sampablo, dijo que el analista ya no tiene licencia de poeta y ahí comprendí lo que he mencionado anteriormente y de lo mismo derivó las siguienteslíneas poéticas y crudas:

Antes escribía versos al viento, hoy descifro los silencios, con el psicoanálisis gané la escucha, pero he perdido mi licencia de poeta, ahora ya no se rimar sin encontrar el síntoma.

[email protected]

Noticias ¡Cerca de ti!

Conoce los servicios publicitarios que impulsarán tu marca a otro nivel.